Hoy es veintinueve de diciembre. Y, como cada veintinueve de diciembre, es para mí un día especial. Lo señalado de este día no es más que la evocación anual de un recuerdo que marcó mi infancia y mi posterior desarrollo emocional.
Todo ocurrió un, ya lejano, veintinueve de diciembre del mil novecientos ochenta y uno. Recuerdo perfectamente el tacto de mi osito de peluche. Mimosín -así lo llamaba debido a su gran parecido con aquel muñeco suavecito que era imagen de una marca de detergentes- era amarillo y blandito. Su tacto hacía que conciliara el sueño en poco más de diez o doce segundos y me proporcionaba una tranquilidad espiritual fuera del alcance de cualquier niño del extrarradio barcelonés. Os decía que estaba yo babeando, abrazado a mi osezno preferido, cuando me desperté sobresaltado al oír el golpe de la puerta de casa y las vehementes muestras de alegría de mis abuelos, tanto paternos como maternos. El hecho de contar con tan solo tres años y un par de meses de edad no fue óbice para que me percatara de la gravedad de la situación. Según podía deducir por el bullicio reinante a solo unos metros de distancia, estaba más que claro que mis padres habían vuelto del hospital. Si mis cálculos no fallaban, que no lo hacían, mi mamá habría entrado por la puerta portando en brazos a la tal Martita, tal y como llevaba anunciándome desde hacía meses. Inmediatamente, y decidido a no dejarme vencer por los acontecimientos, me meé y me cagué encima. El control de los esfínteres era una cuestión que había superado hacía algunos meses pero ahora tenía claro que el tamaño de mi zurullo se convertía en una de las pocas alternativas que me quedaban para reconducir el foco de atención familiar hacia mi persona.
Llevaba días dándole vueltas al asunto. Al principio no quería darme cuenta de la situación. Mi narcisismo y el disfrute de una posición de dominio sobre todos los estamentos hogareños me habían llevado a desestimar el peligro que se cernía sobre mi persona. Lejos de mi conciencia estaba gestándose mi peor enemigo. En el interior de mi propia madre crecía, sin prisa pero sin pausa, quien había de arrebatarme el trono, la corona y la vara de mando de la familia. A mí. Que esbozando una media sonrisa tenía lo que se me antojaba, que ante el mínimo atisbo de sollozo era atendido sin demora. Y todo estaba a punto de acabar por la dichosa Martita. No, no estaba dispuesto a perder mis privilegios sin dejarme la piel -sobretodo la del ano y las ingles- en la batalla.
La cuestión es que mi mamá, la traidora de mi mamá, entró en la habitación con una especie de canasta de mimbre en las manos. Un bulto sospechoso se movía en su interior. Allí estaba. Calculé que si presionaba de forma continuada su cara con mi osito dejaría de respirar en poco más de un minuto. Tomé del bracito a Mimosín y, dispuesto a todo y sin dejar hablar a la gafuda de mi madre, me abalancé sobre el canasto. Entonces, cambió mi vida.
Lo cierto es que, como os he dicho, solo tenía tres añitos, pero la contemplación de aquellos ojos, tan negros, y de aquella cara, tan bonita, me hizo comprender al instante lo trascendental de la situación. Entendí, de forma inmediata, que si había algo perfecto en el mundo natural, sería muy parecido a aquella criatura que gorgojeaba entre sábanas de franela. Acepté, con orgullo fraternal, que protegería con mi vida aquel pedazo de cielo. Que, pasara lo que pasara, siempre le ofrecería mi apoyo. Que, a pesar de las discusiones y peleas, siempre la querría.
Mi mamá dice que el hedor de aquel cuarto era insoportable, que se había sorprendido mucho al verme saltar de la cama como un huracán desatado. Que no entendió por qué me lancé hacia la canasta como un loco. También dice que cuando estuve frente a mi hermana cambió la expresión de mi rostro. Dice que se me puso cara de hermano mayor. Y, también dice que, tras unos segundos de contemplación, me agaché y besé a la pequeña en la frente.
Feliz cumpleaños, Marta
Todo ocurrió un, ya lejano, veintinueve de diciembre del mil novecientos ochenta y uno. Recuerdo perfectamente el tacto de mi osito de peluche. Mimosín -así lo llamaba debido a su gran parecido con aquel muñeco suavecito que era imagen de una marca de detergentes- era amarillo y blandito. Su tacto hacía que conciliara el sueño en poco más de diez o doce segundos y me proporcionaba una tranquilidad espiritual fuera del alcance de cualquier niño del extrarradio barcelonés. Os decía que estaba yo babeando, abrazado a mi osezno preferido, cuando me desperté sobresaltado al oír el golpe de la puerta de casa y las vehementes muestras de alegría de mis abuelos, tanto paternos como maternos. El hecho de contar con tan solo tres años y un par de meses de edad no fue óbice para que me percatara de la gravedad de la situación. Según podía deducir por el bullicio reinante a solo unos metros de distancia, estaba más que claro que mis padres habían vuelto del hospital. Si mis cálculos no fallaban, que no lo hacían, mi mamá habría entrado por la puerta portando en brazos a la tal Martita, tal y como llevaba anunciándome desde hacía meses. Inmediatamente, y decidido a no dejarme vencer por los acontecimientos, me meé y me cagué encima. El control de los esfínteres era una cuestión que había superado hacía algunos meses pero ahora tenía claro que el tamaño de mi zurullo se convertía en una de las pocas alternativas que me quedaban para reconducir el foco de atención familiar hacia mi persona.
Llevaba días dándole vueltas al asunto. Al principio no quería darme cuenta de la situación. Mi narcisismo y el disfrute de una posición de dominio sobre todos los estamentos hogareños me habían llevado a desestimar el peligro que se cernía sobre mi persona. Lejos de mi conciencia estaba gestándose mi peor enemigo. En el interior de mi propia madre crecía, sin prisa pero sin pausa, quien había de arrebatarme el trono, la corona y la vara de mando de la familia. A mí. Que esbozando una media sonrisa tenía lo que se me antojaba, que ante el mínimo atisbo de sollozo era atendido sin demora. Y todo estaba a punto de acabar por la dichosa Martita. No, no estaba dispuesto a perder mis privilegios sin dejarme la piel -sobretodo la del ano y las ingles- en la batalla.
La cuestión es que mi mamá, la traidora de mi mamá, entró en la habitación con una especie de canasta de mimbre en las manos. Un bulto sospechoso se movía en su interior. Allí estaba. Calculé que si presionaba de forma continuada su cara con mi osito dejaría de respirar en poco más de un minuto. Tomé del bracito a Mimosín y, dispuesto a todo y sin dejar hablar a la gafuda de mi madre, me abalancé sobre el canasto. Entonces, cambió mi vida.
Lo cierto es que, como os he dicho, solo tenía tres añitos, pero la contemplación de aquellos ojos, tan negros, y de aquella cara, tan bonita, me hizo comprender al instante lo trascendental de la situación. Entendí, de forma inmediata, que si había algo perfecto en el mundo natural, sería muy parecido a aquella criatura que gorgojeaba entre sábanas de franela. Acepté, con orgullo fraternal, que protegería con mi vida aquel pedazo de cielo. Que, pasara lo que pasara, siempre le ofrecería mi apoyo. Que, a pesar de las discusiones y peleas, siempre la querría.
Mi mamá dice que el hedor de aquel cuarto era insoportable, que se había sorprendido mucho al verme saltar de la cama como un huracán desatado. Que no entendió por qué me lancé hacia la canasta como un loco. También dice que cuando estuve frente a mi hermana cambió la expresión de mi rostro. Dice que se me puso cara de hermano mayor. Y, también dice que, tras unos segundos de contemplación, me agaché y besé a la pequeña en la frente.
Feliz cumpleaños, Marta