lunes, 14 de febrero de 2011

EL MONCHU

Sin poder prácticamente ni hablar. Dolorido por los múltiples golpes y caídas. Sin ánimo tras encajar un nuevo gol. Me levanto del suelo, miro a mi alrededor... y sé que hoy no hay nada que hacer. Veo esas caras de apollardamiento y se me revuelve el estómago. Caras largas, miradas perdidas, miradas que no dicen nada. Miradas aleladas, de estar pensando en otra cosa. Impotencia. Pura impotencia es lo que siento.

Cuando te están dando una auténtica tunda y no ves solución posible al desastre solo cabe pasar el trago de la frustración lo más rápidamente posible. Es amargo el cabrón, pero pasa, como todo en esta vida.

Que se acabe ya, pensaba el sábado. Me revienta pensar eso cuando juego a fútbol. Pero es que no hay manera. El nivel técnico del equipo es para echarse a llorar y si a eso se le añade una falta de rigor táctico alarmante y una vergonzante falta de coraje e ilusión, uno se puede hacer una idea de la lamentable imagen que ofrecemos partido tras partido.

Un poco de orgullo, joder. Aunque creo que lo que tendríamos que aplicarnos en este equipo es esa gran máxima que asegura que hay que hacer lo que uno sabe hacer. No menos. Pero tampoco más.

Vamos a limitarnos a hacerlo lo más simple posible. Volvamos a los orígenes. Control y pase, hostia. Son dos palabras simples pero esenciales. Dos palabras que incluyen en si mismas la esencia de nuestro deporte, analfabetos de mierda: piso y paso. Ya está. Tan simple como eso. Aunque a algunos les suponga un suplicio. Cabrones, ¿y mi corazón qué? Hijos de perra, merezco un digno final a mi carrera. Solo quería acabar disfrutando, tirando unas paredes. Marcando mis últimos goles. Disfrutar de partidos igualados. Recibir un puto pase al pie. No es tan complicado, amigos. Estoy a cinco metros. Aquí, hijos de puta. Justo aquí. Joder, es que ya está bien de melones. No sabéis lo que es pasarse todo un puto partido peleándote con dos o tres gilipollas por un puto metro de distancia y cuando lo consigues ver que no te lanzan la pelota, o peor, que te la lanzan pero tres metros por encima de tu cabeza. Y mira que mi cabeza es grande de cojones. No es tan difícil. En serio. Y si tanto esfuerzo os supone, si tan complicado lo veis, si no es posible que vuestros torpes y desgarbados pies ejecuten un gesto técnico tan simple, iros a tomar por culo, coño. Hostia, jugad a la petanca o dedicaros a nadar. O yo que sé. Pero no me amarguéis la retirada, paquetes de las pelotas.

Hay que tener la cara dura para decir que quieres jugar a fútbol cuando se tiene el gen de la descoordinación trabajando a destajo. Y encima irte de la pista pensando que eres un jugón y que nadie entiende tu juego. Pues yo digo: malo y engañado. Y pienso: se puede ser malo, pero es mucho peor vivir engañado, vivir creyendo ser un crack incomprendido. Un gilipollas, hombre. Pasa el puto balón y desaparece de mi vista. Y sal de aquí que lo único que haces es estorbar, que ni para estar escondido sirves. Pedazo de mueble. A tomar por culo ya. Joder, me caliento y no quiero. Pero es que me supera. Me supera la observación de vegetales vestidos de corto y con un número en la espalda. Muy poca vergüenza es lo que hay. Porque hay que tener poca vergüenza para salir a un terreno de juego disfrazado de futbolista cuando lo más redondo que has visto en tu vida es la bandeja de canelones que te acabas de atracar media hora antes. El atleta te voy a llamar. Desgraciado. Que me pases el balón ya, cojones, que ni con las metáforas te das por aludido. Pescozón.

¿Qué? ¿Qué no te la paso? Hay que joderse. Pero cabrón, si cada vez que te la doy la pierdes. Si no devuelves ni una. Si parece que te has puesto las zapatillas al revés, coño. ¿No te das cuenta? Corre y punto. Y si te llega algún balón, pásalo enseguida, cojones. Que en tus pies la pelota parece que tenga ladillas, que no para de saltar, la puta. Pásala ya, hostia. Que la pases, malote, más que malote.

Estoy muy quemado. Pero es que, contento me tienes.

Contento me tienes... Monchu

viernes, 11 de febrero de 2011

TOMÁS

Tomás se levantó a las siete de la mañana. Como cada día, lo primero que hacía después de poner el pie derecho en el suelo era encender el equipo de música. Una mañana eran los Strokes, otra, los Franz Ferdinand, la mayoría de ellas, los Love of Lesbian. Movía el culo. Giraba el cuello. Tomás se contoneaba al ritmo de la melodía. Le gustaba prestar atención a los instrumentos, escuchar el bajo, desligarlo de la guitarra eléctrica y, luego, volver a mezclarlos. A Tomás le gustaba escuchar música al inicio del día. Creía que le conectaba con el cosmos. Decía que la música va directamente al centro emocional, que ahí no había intermediarios, que si uno es capaz de prestar verdadera atención puede sentir el ritmo, puede acariciar el tempo y cada una de las notas. Tomas decía que la música ofrece la posibilidad de sentirse parte de algo más extenso que uno mismo. Estaba convencido de que esa experiencia tenía que ver con su pauta atencional. Creía firmemente que, en esencia, era el tipo de experiencia que trataban de proporcionar las religiones. Tomás respetaba cualquier religión. Tomás odiaba las instituciones religiosas. En general, odiaba las imposiciones arbitrarias, la irracionalidad y la falta de tolerancia.

A Tomás le gustaba ducharse a primera hora. Le despajaba la mente. Escuchaba música y dejaba resbalar las gotas por su cara. Sonreía relajado. Tomás, poco a poco, despertaba a sus sentidos. A veces, en los días más turbios, en aquellas mañanas en las que no podía deshacerse de la melancolía, Tomás se permitía llorar. En algunas ocasiones, Tomás, al mirar a su alrededor y no ver a nadie, se daba cuenta de su situación. Se convencía a sí mismo de lo natural de aquel vivir. Se decía que así lo había decidido, que prefería seguir su propio camino solo, sin ceder ni un ápice de autonomía a nadie, que no lo merecían. Pero, de vez en cuando, dudaba. Y, simplemente miraba a su alrededor. Y cuando no encontraba más que cosas se daba cuenta de la jugarreta, se percataba de aquel punto ciego creado por su mente. Tomás sentía miedo. Un miedo atroz. Y por eso salía de sí mismo, se olvidaba de su necesidad de compartir, alejaba de su cabeza y de su corazón sus ganas de dialogar con alguien.

Tomás se vestía parsimoniosamente. Primero el calcetín derecho. Después el izquierdo. Calzoncillos, camiseta interior, pantalón y camisa. Tomás olía las prendas de vestir antes y después de ponérselas. Antes, porque le gustaba la fragancia del suavizante que usaba, el de una marca blanca del supermercado de la esquina. Después, porque disfrutaba de meter su nariz en todo lo que oliera a él. A Tomás le gustaban los olores corporales. No tenía preferencias. Le gustaba el olor a limpio y el olor a sudor. Le gustaba sentir un olor fresco o uno rancio. Tomás decía que el olfato era el sentido con mayor memoria de todos. Decía que un anciano podría reconocer incluso olores que hacía décadas que no olía, un olor como el de su joven madre, el olor de la pérdida.

Rompía la cáscara. El aceite ya estaba lo bastante caliente como para poder freír el huevo. Quince segundos, veinte a lo sumo. Lo sacaba de la sartén y lo colocaba con cuidado en el plato. La anaranjada yema parecía a punto de explotar. Cogía un trozo del pan que acababa de comprar y se sentaba en la mesa. Los Travis atronaban en el salón. Tomás paladeaba aquel huevo frito, dejaba fluir la saliva entre sus dientes y aplastaba el pan aceitoso contra su paladar. Decía que cualquier comida puede proporcionar placer, que solo había que tomárselo con calma y dejarse envolver por aromas, sabores y texturas.

Después de desayunar salía a la calle y subía la cuesta que pasaba frente a su portal. Llegaba a la cima, se daba la vuelta y contemplaba la ciudad, todavía con el corazón acelerado por el esfuerzo. Se sentaba en un banco cercano y dejaba pasar los minutos mirando los perfiles fantasmagóricos que se dibujaban en el horizonte, observando la gruesa capa de humo que envolvía el centro histórico, contando los aviones que rozaban los tejados, esos aviones de plata. Se fijaba en todo, aguzaba su mirada para distinguir los edificios emblemáticos o los gubernamentales. Había tantos gobiernos diferentes en aquella ciudad. Había tantos políticos en tantos cargos diferentes que no podía llevar la cuenta de todos los edificios públicos. Tomás decía que para ver hay que hacerle un hueco a la luz, que hay que aceptarla en la retina, que hay que dejarse llenar por ella. La luz. Amaba la luz de la mañana. Le gustaba cerrar los ojos y mirar al sol de la mañana, un sol que calienta, que ilumina pero que no quema. Que dulce luz la del sol mañanero.

Tomás, ayudado por sus sentidos, escapaba de la soledad, se agazapaba en él mismo para no ser visto por aquella soledad matadora, aquella soledad tan perra, tan hija de puta.

miércoles, 9 de febrero de 2011

RESACA

No podía mover los dedos. En mi cabeza todo parecía andar bien pero cuando trataba de ejecutar la orden con mis manos no había respuesta. Desconocía el motivo de aquella extraña circunstancia. Simplemente, no podía teclear palabra alguna porque los dedos no me respondían. Sumido, así, en una burbuja comunicativa, aislado de la red y, por consiguiente, de mi mundo inmediato, me dio por acomodarme en mi propio interior y buscar la causa de aquella apatía.

Lo primero que vi al introducirme en mí mismo no me agradó demasiado. Un gran número de neuronas estaban tiradas por el suelo cerebral. Al parecer, los alcoholes ingeridos el pasado fin de semana se habían cobrado bastantes más víctimas de las esperadas. El espectáculo era dantesco: neuronas espejo languideciendo, sinapsis destrozadas, neurotransmisores desparramados y en proceso de desintegración. Me sentí algo desesperanzado ante aquellas escenas de destrucción masiva pero pensé que, en ocasiones, los daños colaterales son inevitables. Y, evidentemente, en este caso había merecido la pena. En cualquier caso, no me hacía la menor gracia sentirme responsable de aquel desaguisado. Sobretodo porque, al final, el mayor perjudicado era yo mismo. Bueno, y mis dedos.

Al llegar al lóbulo frontal, el paisaje fue más desolador si cabe. Además de las pobres neuronas, encontré cientos de células deshidratándose, despojadas ya de un tono vital aceptable, rotas por el sufrimiento, firmando ya el acta de defunción. Justo en aquel momento, una de las células que parecía estar en mejor estado, y que corría entre sus congéneres repartiendo sus mitocondrias, se percató de mi presencia.

- ¡Eh, tú!, ¡Hijo puta!- me espetó.

Automáticamente, me giré hacia otro lado y me hice el sueco. No quería que ninguna de mis células me identificara. Yo había sido el responsable de aquella catástrofe y la idea de tener que dar explicaciones a millones de células cabreadas no me hacia la menor gracia.

- ¡Oye, hijoputa! No te hagas el sordo, que te estoy hablando.

- Disculpa, es que no te había escuchado- tuve que mentirle. No aparentaba estar para muchas bromas.

- ¡Y una mierda, hijoputa mentiroso! Anda, ven aquí y ayúdame, que mis compañeras nos necesitan. Ese bastardo ha vuelto a pasarse de la raya. Menudo cabrón, veinte años maltratándonos. Pero esto se va acabar. Anda, coge a esta pobre infeliz por la membrana y ayúdame a dejarla al lado de aquella arteria. Con esta no hay nada que rascar, el alcohol la ha reventado. Coloquémosla cerca de la pared arterial para que la reabsorción sea rápida. Pero antes recoge su núcleo, quien sabe si ese ADN servirá para otra.

La célula había pasado de estar cabreada a dar órdenes desde un estado de tristeza más que palpable. Yo, simplemente, asentí y seguí sus indicaciones. Lo cierto es que el estado de su compañera era lamentable. Apestaba a orujo de hierbas y se había quedado en el chasis.

- ¿Qué le ha pasado?- pregunté disimulando mi conocimiento de causa.

- ¿A ti que te parece? El domingo de madrugada volvimos a sufrir un sádico ataque. La verdad es que desde finales del año pasado, en que, por cierto, vivimos un tremendo drama, la cosa se había tranquilizado, pero hace tres días ese puto enfermo volvió a masacrarnos. Te juro que estoy hasta los ribosomas de aguantar a ese cabrón.

- Pero, ¿qué ocurre?, ¿alguien os hace daño?- yo seguía en mis trece. No podía exponerme públicamente. Si lo hubiera hecho, aquellas células y las neuronas de forma piramidal que había al lado me hubieran linchado y después se habrían merendado mis pelotas.

- Oye, ¿tú de dónde coño sales?- sonó amenazador- Pareces nuevo, joder. El muy cabrón no deja de cometer excesos y tú no te enteras de una mierda.

- Lo siento, es que yo tampoco me encuentro muy bien, estoy algo desorientado- evidentemente, mentí.

- Normal. Llevamos unos días bastante afectados. Y eso que el lunes nos dimos un baño de endorfinas. Aún así, pasarán semanas hasta que volvamos a estar medio bien. Joder, que uno no tiene la elasticidad de antaño.- en esta ocasión, mi interlocutor no mostró enfado. Parecía resignado, siendo consciente de su realidad cambiante, de una realidad aceptada, destilando esa amarga cordura del que entiende su decadencia, su destino final.

En ese instante, un grupo de leucocitos pasó por nuestro lado. Tenían cara de muy mala hostia, como si se hubieran visto envueltos en algún tipo de altercado. Iban a paso rápido y parecía que tenían alguna misión importante que cumplir. Llevaban esposado a un ser pluricelular bastante malcarado y apestoso. Las marcas de golpes que llevaba en su soma reflejaban que le habían dado una buena paliza.

- Los “blancos” no se andan con tonterías- dijo mi acompañante- Seguro que no llevaba el código genético autorizado y le han dado para el pelo. A veces se pasan, pero son necesarios para mantener un poco el orden. El problema es que, como todo grupo social dotado de poder y fuerza, suelen abusar de su autoridad. En alguna ocasión han llegado a amenazar con dar un golpe sobre la mesa y tomar el control, creo que le llaman el proceso de la autoinmunidad o algo así, pero hasta la fecha mantienen la lealtad al orden establecido. Saben que si no lo hicieran así, finalmente morirían. Aunque alguno de estos dice que mejor muerto que vivo y humillado. Su filosofía castrense va en contra de algunas de las decisiones del cabronazo este pero les toca apechugar con ellas.

La verdad es que hasta que no lo mencionó ni había reparado en ello pero como a alguno de los “blancos” se le ocurriera pedirme la documentación genética, las células medio deshidratadas iban a ser el menor de mis problemas. Pensé que había llegado el momento de cortar la cháchara y tomar las de Villadiego.

-Bueno, ha sido un placer conocerte pero me tengo que ir, que llevo un poco de prisa.- le dije en un tono amable.

-De acuerdo, que te vaya bien. Pero ten cuidado con las bacterias. En esta época del año están bastante fuertes y como te cace alguna te va a dejar el culo como la bandera de Japón- mierda, otro peligro más, pensé.- Ah! Y si te cruzas con algún virus, sal por piernas. No quieras saber por qué- aquella puta célula era solidaria pero poseía un extraño talento para desmotivarme.

-Muy bien, gracias por el consejo- zanjé con algo de prisa- Ha sido un placer conocerte.

Tenía un rato hasta llegar a mi objetivo, el lóbulo prefrontal izquierdo, sede de las neuronas responsables de la automotivación, el optimismo y la iniciativa, así que no tenía más tiempo que perder.

Pensé que lo más adecuado para llegar a mi destino sería echarle el lazo a algún impulso nervioso que ascendiera desde la médula espinal. Lógicamente, las sensaciones captadas por mi sistema músculo-esquelético debían ser procesadas en el lóbulo prefrontal. Si era lo suficientemente rápido podría cazar algún impulso y aparecer cerca de la región supra-orbital en un santiamén. El plan era perfecto. La ejecución del mismo era otro cantar. ¿Cómo coño podría asirme al impulso? ¿Podría resistir allí arriba a esa velocidad? ¿Podría intoxicarme por un exceso de mielina? Los inconvenientes eran muchos. Mis dudas, aún mayores. Pero cuando pensaba en las bacterias y en su devoción por los anos, o en los virus y en sus multiformes garras, se despejaban mis indecisiones. Eso sí, la próxima vez iba a ensimismarse quien yo me sabía.

Allí estaba yo, agarrado a la parte superior del tubo nervioso, suspendido en el aire, como un resto de excremento adherido al vello anal. Allí, en lo alto del nervio, empecé a replantearme algún que otro aspecto de mi desordenada vida. ¿No me estaba castigando demasiado? ¿No era este proceso de autodestrucción un acto de irracionalidad? ¿Acaso mi inconsciente me ocultaba algo tan terrible como para maltratarme sin que me apercibiera de ello? ¿Habría alzado ese mismo inconsciente algún mecanismo de defensa psicológico con el que matar mi self sin que me percatara de ello? Podía ser, pero en aquel momento debía concentrarme para captar el impulso. Solo tenía una oportunidad de cazarlo al vuelo. Tenía que fijarme bien.

Lo cierto es que fue en una milésima de segundo. La luz llegó de pronto. Sentí la violencia del impulso y, simplemente, me deje caer al vacío. Noté mi cuerpo resquebrajándose. Lo sentí queriendo desintegrarse, flotando a una velocidad vertiginosa. Perdí la visión por un instante y me desmayé.


-Tú, puto, despierta. Ey!! Abre los ojos ya, nen. Vaya cuelgue llevas, ¿no? –noté unos golpecitos en el rostro. Estaba dolorido y notaba mi cabeza totalmente embotada. Frente a mí, una interneurona me miraba con parpados caídos y ojos legañosos. Había recogido sus dendritas en una coleta y llevaba un tatuaje de Camarón en el axón. El olor a cannabis que noté provenía de un porro en forma de ele del que estaba dando buena cuenta. A cara de perro, por lo visto.

-Hola, ¿dónde estoy?- pregunté bastante aturdido.

-Madre mía, nen. Estás hecho una puta mierda. Vaya cara de gilipollas que me llevas. Para flipar.

-Perdona, pero no te entiendo, estoy un poco atontado.

-Apollardado es lo que estás, pringao. Toma, anda, pégale un tiro que esto resucita a un muerto- la interneurona porrera me tendió la espectacular antorcha para que aspirara por la boquilla- pero que rule que estoy en las últimas.

-Pero, no…si yo no…- balbuceé más que hablé.

-Que fumes, joder, que es costo del bueno. En otras culturas ya te habrían rebanado la garganta ante semejante descortesía- el tono autoritario de sus palabras no casaba con su aspecto ojeroso.

-Vale, de acuerdo, ya le pego un tiento, tranquilo- no estaba para discusiones. Una caladita y que se callara ya, por favor.

Como soy una persona en extremo obediente y me gusta caer bien a la primera, aspiré con fruición aquel monstruoso caliqueño. Tres segundos después del primer chupetón, me di cuenta de que aquella grifa era de primera calidad, transportada en el culo de algún mozo magrebí cuasi adolescente. En seguida empecé a notar su fuerza reparadora. Ya empezaba a escuchar la música de Bob. Sí. Could you be loved? Sí, vamos Marley, enséñame tu arte. Tu, tu, tu, tummm, tu, tu, tum!! And be loved!!!

-¡¡Oye!! ¡¡Joputa!! ¡Suelta ya el petardo! ¡Con la puta ansia, hostia!- volví a notar unos golpes en mi rostro. Esta vez, la intensidad de los mismos fue sensiblemente superior a la de la primera ocasión. La interneurona parecía algo cabreada.

-Hostia puta, disculpa, he perdido la noción del tiempo- inventé. En realidad no podía dejar de pensar en aquel tate tan rico.

-Vale tronco. Pero es que te estabas columpiando cosa mala. ¿Estás mejor?

-Sí, gracias, pero, perdona la insistencia, ¿dónde estoy?- eso sí que era cierto. No tenía ni idea de dónde estaba.

-Coño, en el puto lóbulo frontal izquierdo. Aquí se origina el buen ánimo, aquí nace la motivación intrínseca del individuo, la iniciativa, la creatividad. Esta es la puta sala de máquinas del orden y la disciplina- la cadencia de su habla era más que cansina.

-O sea, que estoy en el epicentro de la autogestión de la persona, ¿no?

-Efectivywonder, lo has pillao.- Al término de esta frase propinó una interminable calada al amor de mis amores. La interneurona se puso bizca perdida del subidón. Tenía la adenina descontrolada.

-Vale, pero hay una cosa que no entiendo. ¿En este lugar no tendría que haber un mayor orden? ¿No es esta la sede del autocontrol?- inquirí a aquella cosa que me estaba robando las mejores caladas de mi vida.

-Depende- dijo trastabillándose y riéndose exageradamente de su percance.

-Depende, ¿de qué?

-Pues del grado de desarrollo de la persona en cuestión. Depende de sus valores y de la educación que ha recibido. A este hijoputa le gusta más la fiesta que a un tonto un lápiz. Por eso, ni autocontrol, ni disciplina, ni pollas en vinagre. Aquí se vive al día, nos drogamos, nos emborrachamos y, de vez en cuando, nos juntamos para producir alguna idea ingeniosa. Pero hoy no nos sale de la polla. Además, las neuronas motoras, las que se encargan del movimiento corporal, han venido a hacernos una visita y se han puesto hasta las cejas de todo. Ahora mismo están durmiendo la mona.

Joder, ahora lo entendía todo. Mi, teóricamente, centro neuronal más eficiente se había convertido en un Ámsterdam de pacotilla, en un lugar donde solo había porreros, borrachos y adictos al ácido lisérgico. Pero, ¿quién era el responsable de todo eso? ¿Podía yo culpar a esas pobres neuronas descarriadas? La interneurona Marley tenía razón: el desarrollo cerebral, su plasticidad y su tremenda capacidad de regeneración dependían de mis valores. Dependían de mis pensamientos, de mis sentimientos y de lo que fuera capaz de hacer con ellos. ¿Realmente quería ser así? ¿Estaba siendo lo mejor que podía ser? ¿No era una pena que no desarrollara todo el potencial y el talento que poseo? ¿De dónde coño habría sacado la interneurona esa grifa tan buena? ¿Me podría pasar un poco?

Estaba tan confuso. Me había quedado sin palabras, colapsado por aquella carga tan pesada, dándome cuenta de lo que había estado haciendo hasta aquel momento.

- Inter, hazte un porro. Por favor.

-Hecho

Me pasó aquel nuevo porro. Chupé y chupé. Aspiré y aspiré hasta que se nubló mi mirada. Me temblaron las piernas. El corazón me latía a mil por hora y un sudor frío recorrió mi membrana, digo, mi piel. Estaba blanco como un leucocito, con el cuerpo fibroso, como el de una plaqueta. Creí fallecer. Me desmayaba otra vez.

-Oye, ¡despierta!- otra vez los cachetes en la cara- ¡Despierta, hombre!

-¡¡Que te calles ya, zorra de mierda!! ¡Me tienes hasta los cojones! ¡Métete el porro por el culo, hija de puta, ratera, avariciosa!- grité de pura rabia, de pura impotencia, de puro cansancio.

- Pero ¿qué mierda dices, cariño? Te has dormido encima del portátil. Otra vez. Despierta, joder, ¡que he roto aguas!

Me cago en Dios…

martes, 28 de diciembre de 2010

29 DE DICIEMBRE

Hoy es veintinueve de diciembre. Y, como cada veintinueve de diciembre, es para mí un día especial. Lo señalado de este día no es más que la evocación anual de un recuerdo que marcó mi infancia y mi posterior desarrollo emocional.

Todo ocurrió un, ya lejano, veintinueve de diciembre del mil novecientos ochenta y uno. Recuerdo perfectamente el tacto de mi osito de peluche. Mimosín -así lo llamaba debido a su gran parecido con aquel muñeco suavecito que era imagen de una marca de detergentes- era amarillo y blandito. Su tacto hacía que conciliara el sueño en poco más de diez o doce segundos y me proporcionaba una tranquilidad espiritual fuera del alcance de cualquier niño del extrarradio barcelonés. Os decía que estaba yo babeando, abrazado a mi osezno preferido, cuando me desperté sobresaltado al oír el golpe de la puerta de casa y las vehementes muestras de alegría de mis abuelos, tanto paternos como maternos. El hecho de contar con tan solo tres años y un par de meses de edad no fue óbice para que me percatara de la gravedad de la situación. Según podía deducir por el bullicio reinante a solo unos metros de distancia, estaba más que claro que mis padres habían vuelto del hospital. Si mis cálculos no fallaban, que no lo hacían, mi mamá habría entrado por la puerta portando en brazos a la tal Martita, tal y como llevaba anunciándome desde hacía meses. Inmediatamente, y decidido a no dejarme vencer por los acontecimientos, me meé y me cagué encima. El control de los esfínteres era una cuestión que había superado hacía algunos meses pero ahora tenía claro que el tamaño de mi zurullo se convertía en una de las pocas alternativas que me quedaban para reconducir el foco de atención familiar hacia mi persona.

Llevaba días dándole vueltas al asunto. Al principio no quería darme cuenta de la situación. Mi narcisismo y el disfrute de una posición de dominio sobre todos los estamentos hogareños me habían llevado a desestimar el peligro que se cernía sobre mi persona. Lejos de mi conciencia estaba gestándose mi peor enemigo. En el interior de mi propia madre crecía, sin prisa pero sin pausa, quien había de arrebatarme el trono, la corona y la vara de mando de la familia. A mí. Que esbozando una media sonrisa tenía lo que se me antojaba, que ante el mínimo atisbo de sollozo era atendido sin demora. Y todo estaba a punto de acabar por la dichosa Martita. No, no estaba dispuesto a perder mis privilegios sin dejarme la piel -sobretodo la del ano y las ingles- en la batalla.

La cuestión es que mi mamá, la traidora de mi mamá, entró en la habitación con una especie de canasta de mimbre en las manos. Un bulto sospechoso se movía en su interior. Allí estaba. Calculé que si presionaba de forma continuada su cara con mi osito dejaría de respirar en poco más de un minuto. Tomé del bracito a Mimosín y, dispuesto a todo y sin dejar hablar a la gafuda de mi madre, me abalancé sobre el canasto. Entonces, cambió mi vida.

Lo cierto es que, como os he dicho, solo tenía tres añitos, pero la contemplación de aquellos ojos, tan negros, y de aquella cara, tan bonita, me hizo comprender al instante lo trascendental de la situación. Entendí, de forma inmediata, que si había algo perfecto en el mundo natural, sería muy parecido a aquella criatura que gorgojeaba entre sábanas de franela. Acepté, con orgullo fraternal, que protegería con mi vida aquel pedazo de cielo. Que, pasara lo que pasara, siempre le ofrecería mi apoyo. Que, a pesar de las discusiones y peleas, siempre la querría.

Mi mamá dice que el hedor de aquel cuarto era insoportable, que se había sorprendido mucho al verme saltar de la cama como un huracán desatado. Que no entendió por qué me lancé hacia la canasta como un loco. También dice que cuando estuve frente a mi hermana cambió la expresión de mi rostro. Dice que se me puso cara de hermano mayor. Y, también dice que, tras unos segundos de contemplación, me agaché y besé a la pequeña en la frente.

Feliz cumpleaños, Marta

miércoles, 1 de diciembre de 2010

EXPERIENCIAS COMPARTIDAS

El pasado domingo volví a las andadas (nunca mejor dicho) y recorrí, a buen ritmo, los 25 kilómetros que configuraban el circuito de la Marxa pel Montnegre, en los alrededores de Pineda de Mar. Invertí casi tres horas en cubrir la distancia pero, a buen seguro, hubiera rondado las dos horas y tres cuartos de no haber sido por un contratiempo sufrido a la altura del kilómetro 21, momento en el cual mi gemelo izquierdo mostró, de malas maneras, su disconformidad ante semejante esfuerzo.

Reconozco que la velocidad con la que afronté el largo y pronunciado descenso previo al momento de la lesión había acabado de castigar mi ya maltrecha musculatura. En cualquier caso, nunca imaginé lo doloroso que puede resultar un gemelo en ascensor. Lo curioso del asunto es que hasta un par de minutos antes no había sentido la más mínima molestia.

Ahora, sentado en esta incómoda silla, me doy cuenta de que fui demasiado optimista ante la llegada del primer aviso lanzado por mi anatomía. Fue una leve punzada. Sentí un ligero agarrotamiento de los músculos plantares y un mínimo movimiento ascendente del gemelo. Es cierto que me asusté un poco pero, soberbio por mi despliegue físico, me convencí a mí mismo de que era algo normal a esas alturas de la prueba y que no tendría problemas para continuar. Orgulloso por la estoica decisión y empujado por lo narcisista de mi carácter, seguí trotando.

A los pocos segundos yacía en el suelo. Gritaba como un cochinillo al que se le ha asestado una puñalada mortal en plena matanza. Efectivamente, había llegado mi San Martín. Y yo sin esperarlo. Lo cierto es que no me puse a llorar porque me percaté a tiempo de que un señor mayor -rondaría los setenta años, sin exagerar-, al que un par de kilómetros atrás había superado con exuberante suficiencia, se había parado a mi lado y me miraba mostrando compasión y condescendencia sin ninguna clase de disimulo. El abuelo, en mi opinión, herido en su orgullo tras haber sido adelantado a escasos kilómetros de la meta, me preguntó si estaba bien. El patético gemido que obtuvo como respuesta fue el origen de una reacción que me sorprendió mucho. El señor reanudó la marcha a toda prisa. Una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro delataba su convencimiento de que ya no sería rival para él.

Por un momento pensé que iba a fallecer allí tirado, retorciéndome de dolor, pero la asistencia de mi cuñado Jaume, que había decidido no ir a tope para compartir la carrera conmigo, recondujo la protestona musculatura hasta su lugar de origen. Ya más calmado le dije a mi compañero de fatigas que siguiera sin mí, que ya quedaba poco para el final y que ya llegaría. No había acabado de pronunciar la frase cuando Jaume se alejaba con grandes zancadas para recuperar el tiempo perdido al lado del mierda de su cuñado. Es broma. Muchas gracias por tu ayuda.

Al final, pude recuperar algo el tono muscular y acabé en menos tiempo del que esperaba. Aún así, todavía experimento las secuelas de aquel exceso cada vez que me pongo en pie.

En cualquier caso, no es la explicación de mis percances el objeto de esta entrada. Hace tres semanas explicaba en este mismo blog mi más que satisfactoria experiencia por las pistas y senderos del Garraf, explicaba lo maravilloso de poder correr por un entorno natural y lo sensacional que es sentirse concentrado y exigido por la dificultad del terreno. Hoy, inspirado por la música de Radiohead, me apetece reflexionar sobre otro componente no menos importante en la consecución de esa explosión de vida que siento al correr al aire libre. Estoy hablando de la compañía de los amigos.

Lo cierto es que tanto en la Marxa del Garraf como en la del Montnegre tuve la fortuna de correr al lado de dos verdaderos amigos. Uno, que por su juventud me hace sentir acompañado de un hermano menor. El otro, que por su ejemplar modo de ser me hace sentir acompañado de un hermano mayor. Saúl, el más joven, es sensible y espabilado. Alberga dudas sobre su futuro y yo quiero estar cerca de él para ver cómo se las apaña. Jaume, el menos joven, es inteligente , perseverante, divertido y honesto. Su ejemplo me ayuda a dibujar la imagen mental de cómo quiero ser en el futuro. A ambos, gracias. Vuestra presencia ha sido, sin duda, lo mejor de las dos citas con la montaña.

Por cierto, y hablando de amigos, Manel, recuerda que en enero es la de Castellbisbal.

martes, 16 de noviembre de 2010

NEUROSIS

Es una opinión. Creo que el neurótico, básicamente, es aquel que no se acepta. El neurótico no está de acuerdo con su ser ni con su sentir y por ello no deja de proyectarse hacia el futuro, creyendo que en un mañana no lejano podrá ser quien imagina.

Esta reflexión no hace más que golpearme los sesos. Y es que puede que el primer paso para dejar de ser un neurótico inmaduro pase por el hecho de reconocer mi falta de responsabilidad en el acontecer diario, una falta de responsabilidad relacionada con la poca calidad de la atención que suelo prestar a todo lo que me rodea.

En un momento en el que planean grandes cambios sobre mi cabeza, no puedo dejar de pensar en que quizás ha llegado la hora de dar algunos pasos en firme y en que ya toca dejar a un lado tanta diplomacia y tantos miedos irracionales disfrazados de pereza. Semejante gilipollez sólo se me puede ocurrir la madrugada de un martes de noviembre. Pero las visiones vienen cuando vienen. Y hoy es un día de esos en los que vengo cargadito de emoción y endorfinas tras propinar cuatro coces a un balón.

Toda esta paja mental deriva de una experiencia en los montes del Garraf. El pasado 7 de noviembre tomé parte en una caminada popular de 21 km de recorrido entre las piedras y los arbustos de los alrededores de Gavà. Fueron algo más de tres horas y media subiendo, bajando, corriendo y saltando. 21 km de sufrimiento controlado. Lo que no logré entender es por qué lo primero que hice al llegar a casa fue conectarme a la red en busca de nuevos recorridos, ahora, de mayor distancia. ¿Por qué no me puedo quitar de la cabeza seguir devorando kilómetros? ¿Por qué ya no me importa salir a correr cuando hace frío?

La única respuesta que veo plausible es mi extraña necesidad de ser más de lo que soy, de darme cuenta de que soy capaz de aguantar más de lo que creo. Y, lo que no tengo demasiado claro, es cuál es el origen de semejante sentimiento. ¿Quizás parte de un sentido interno de minusvalía? ¿Es un decirle a mi inconsciente que sí puedo? ¿Es una compensación a mis sentimimientos de impotencia en otros dominios? o, por contra, ¿Está originado en un sincero deseo de mejorar, de superar mis límites, de experimentar el poder que a uno le concede el ver que ha superado un reto difícil?

No lo sé. Sólo puedo describir lo que sentí en aquel momento, una sensación de alegría que quería volver a experimentar lo antes posible.

Después de darle muchas vueltas a la cabeza sólo me queda un argumento para apoyar mi enfermiza actitud. La mayor parte del tiempo que pasé corriendo por aquellos caminos no pensé en nada. Sencillamente, no pensé. Me dediqué a concentarme en el siguiente paso, en el siguiente apoyo, en la próxima piedra a evitar. Y creo que esa es la clave. Siendo disperso y tendente a la contínua maquinación mental por naturaleza, conseguir mantener la atención en algo durante un lapso de tiempo considerable no hace más que relajarme. Es eso. Me desintoxica de mí mismo, o mejor dicho, de lo que pienso que soy. Aunque, paradójicamente, es cuando no pienso cuando más auténticamente me siento yo mismo. Sé que es difícil de entender pero la experiencia interna de uno no es fácilmente descriptible en algunas líneas. Como dice Marina, se siente en bloque pero la expresión lingüística es lineal.

De todas maneras, y enlazando con el principio, el neurótico no se acepta cómo es, y su pugna tiene que ver con el presente. Lo que me enseña la carrera a pie es que lo importante para el disfrute, para sentirse realmente uno mismo, tiene que ver con la atención. Lo que engancha no es el darse cuenta de que uno mejora físicamente, lo que engancha es la concentración de la atención. Lo que espabila la mente es estar concentrado. Curioso, ¿no?

sábado, 6 de marzo de 2010

ESPÍRITU SANTO



Vuelven. Esta vez sin Facto.