Y en el número uno de mis nuevos anhelos musicales: Grizzly Bear. Son realmente brillantes.
sábado, 29 de diciembre de 2012
jueves, 27 de diciembre de 2012
THE XX - CHAINED
El segundo de los grupos que ha entrado en mi corazón a largo de este 2012 ha sido The XX. Impresionante combinación de talento, juventud y extraña melancolía rítmica. Demuestran que lo acertado de su debut no fue flor de un día. Y que duren.
WOODS - CALI IN A CUP
A finales del 2011 los Black Keys lanzaron El Camino y con él me conquistaron. Este año ha habido tres bandas que me han cortejado insistentemente, hasta que me he rendido a sus bondades. La primera de ellas es Woods. Me gustan mucho, lo reconozco.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
ENCUADRES
Con los Arctic Monkeys sonando de fondo a modo de revulsivo y el ánimo
destemplado, entre melancólico y cansado, sobre todo de pensar en lo que aún
queda por delante, trato de darme una tregua a mí mismo frente al teclado.
Ahora no puedo evitarlo y golpeo el suelo subiendo y bajando la punta del pie.
Marco el compás siguiendo el ritmo de la batería y el corazón late con un poco
más de impulso, aunque no con el suficiente como para hacerme arrancar de una
vez por todas y salir así de este pegajoso estado interno, similar al de la
depresión que sucede a la borrachera, sólo que, esta vez, sin resaca que la
acompañe, cosa que se agradece. El poso de indefinida amargura y culpabilidad
que a uno le embarga después de una disputa, por muy de baja intensidad que ésta
haya sido, le invita a observar la realidad que le rodea, una realidad que
parecía inmutable y evidente, de una forma diferente a la acostumbrada. Lo que
era divertido deja de serlo para convertirse en costoso. La ligereza da paso a
la pesadez. Lo interesante a lo aburrido. Y lo pleno de sentido a lo absurdo.
Únicamente son contextos, encuadres de lo que pasa, maneras de ver lo que
ocurre delante de tus propias narices, tan similar todo y a la vez tan
diferente. En otras ocasiones, con mucho más tráfico sobre la plancha, me
sentía irreductiblemente feliz. Inhalaba humo, sudaba a mares y me quemaba los
dedos cogiendo el pan pero todo estaba bien. El fragor del momento me ayudaba a
mantener la concentración y con ésta llegaba la alegría. El pasado sábado me suponía
un esfuerzo titánico entender los pedidos, entender las órdenes que llegaban
desde la barra. Lo de fuera seguía siendo lo mismo, lo de todos los años, el
mismo trajín y las mismas caras. Lo que había cambiado era lo de dentro, la
manera de ver, la manera de estar, incómoda, el dudar acerca de las propias
acciones, de los propios pensamientos, pensando demasiado, cavilando,
planteándome si no me estaría equivocando de nuevo o si, por el contrario, me
estaba dejando llevar otra vez por ese sentimiento de incapacidad que tan a
menudo gravita sobre mi cabeza como un halo transparente y tenaz que no sé cómo
esquivar ni evitar que me posea.
Ahora mismo me iría a correr diez kilómetros, doce, quince. Veinte. Me
escaparía en busca del cansancio extremo, ese que te vacía por dentro y no te
permite pensar, el que acalla y apacigua la mente, el que te deja un espacio
para alejarte de ti, o de los pensamientos que crees que son tuyos pero que en
realidad son de ese cabrón que te manipula desde dentro, ese aspecto de uno que
se encarga de ponerte trampas y de hacerte caer en ellas, ese uno tan próximo
que crees auténtico. Ahora mismo me pondría mis zapatillas verdes, pulsaría el
botón del reloj y me lanzaría al asfalto a perderme entre los coches y las
personas, a surcar entre todos ellos, un cuerpo empapado, rozando retrovisores
y dejando frustraciones a su paso. Subiría la cuesta más empinada de la ciudad
para sentir el corazón a mil por hora, para batirme en duelo nocturno con ella,
para llegar más arriba, más lejos. Correría y me bañaría en mi propio sudor
hasta que no pudiera más. Luego, recuperaría el aliento, estiraría los músculos
y me preguntaría si ha merecido la pena tanta penuria. Cansado pero despierto
me diría que sí, que lo que no merece la pena es perderse en laberintos con
salidas traicioneras, lo que no merece la pena es enredarse en según qué
cuestiones. Cuando me paro, a veces me doy cuenta. Sólo a veces. Y es porque ya
he llegado. Me doy cuenta de que vivo tratando de llegar, corriendo con la mente,
que es la peor de las maneras de correr. Se corre con las piernas, un paso
detrás de otro, una zancada tras otra, con el corazón, aliado inquebrantable de
huesos y músculos, la estructura que nos aguanta y que tan poco respetamos. Se
corre con el cuerpo. Tengo que dejar de correr cuando no lleve mis zapatillas
verdes. Me perjudica y me convierte en una sombra de quien soy, apesadumbrado,
hosco, infeliz a ratos. Correr para ser. Qué bonito. Qué irreal. La carretera
no le pide cuentas a uno. La carretera está ahí para ser transitada. Punto. Las
zapatillas y las teclas, unidas en la función, en la finalidad. Inseparables
para ofrecerme lucidez, para sacarme de los infinitos bucles de pensamientos
improductivos en los que caigo, para volver a casa renovado. Necesito salir
para volver a entrar. Necesito soltar amarras para entenderme. Vaciarme,
escupir, volcar, verter, vomitar, salir de mí para dejar de ser un gilipollas,
para encontrarme de una vez por todas. Escucharme cuando estoy a solas conmigo
mismo, escucharme diciendo que deje de hablarme tanto, que deje de prestar
atención a chorradas y me centre, que sólo corra con mis zapatillas verdes, o,
como mucho, con las azules de suela adherente, las otras que me fijan al suelo
para poder experimentarme diferente. Las verdes me liberan. Las azules también,
aunque de otra manera. Las verdes me abren el camino, me llevan lejos, me
acompañan en la soledad. Las azules me transforman, me acompañan en la lucha,
me proveen de energía, me otorgan la fuerza para vérmelas con otros, más
rápidos y más fuertes, pero menos convencidos. Más jóvenes pero menos
apasionados. Apasionado, yo, lo que hay que oír, lo que le descubren a uno unas
zapatillas. Lo mismo que le descubren las teclas, las cuales ofrecen ideas de
vuelta, que no sabíamos que eran nuestras hasta que pasan al otro lado. Y
vuelven. Una conciencia tomada a posteriori, ordenada y en línea, dispuesta a
entrar por donde ha salido, sólo que esta vez ya avisa y me dice: estoy aquí,
joder, date cuenta. Ya me doy, tranquila, que ya me doy. Sabes que me cuesta
tomarte pero poco a poco lo voy haciendo, aunque seas tan esquiva y
escurridiza, conciencia de los cojones.
Una tregua después, el aspecto del entorno difiere de nuevo, ahora
mejorado, aceptable, con un punto de dulzura al fin. Lo pasado, pasado está.
Ahora importa lo venidero, lo cercano, la tarde y la noche de trajín que están
por llegar, noches de vaivén y encargos múltiples. Ya queda menos para volver a
la añorada rutina, la que fija mi tiempo, la que lo empaqueta y lo sirve a
pedazos, troceado y listo para ser consumido, siempre previamente planificado.
Diferentes tiempos dentro de la semejanza del Tiempo Único. El tiempo y su
relatividad. El tiempo y su fugacidad. Y yo me empeño en observar su paso. Me
entretengo viéndolo pasar, queriendo que suceda para llegar no se adonde, no sé
bien para qué. Curioso el teclear sin objeto, el tiempo sin objeto. No hay
verdades reveladas en esto, sólo un infructuoso y ególatra intento de
entenderme, de comprender el porqué de esta imperiosa necesidad de evasión, de
evitación, de no saber estarse quieto con otros, siendo acompañado o
acompañando, siendo, sin más. El permanente estado de alarma, el estar listo
para salir pitando, para huir. Pero de qué se huye, de qué cojones huyo, me
pregunto. Y la tecla responde, la tecla me dice: de un dolor imaginado, amigo,
de un dolor heredado. Embotarse para no percibir la punzada del dolor.
Embotarse para perderse de vista, para enterrar al niño indefenso, el único que
paradójicamente sabe lo que quiere, lo que necesita de verdad, lo que
necesitamos: cariño y atención. Estados deficitarios origen de actuales deseos
y motivaciones. Dotar de sentido al sufrimiento te saca del malestar, te ayuda
a seguir hacia delante, te empuja. Somos capaces de superar el dolor y aceptar
el sufrimiento cuando podemos darle un sentido, cuando podemos ofrecerle un
contexto en el que sea entendible. El maldito encuadre es lo que nos define.
Dime cómo encuadras y te diré quién eres.
La mayor parte de los dolores se llevan en la mente, igual que las
incapacidades, que son reales en la medida en que son tomadas en serio y
asumidas como propias. ¿Qué perverso mecanismo de defensa y de adaptación al
medio es éste que nos aleja de nosotros mismos? Cada uno a su manera, cada cual
con su idiosincrático estilo de defender su autoestima. Los mecanismos de
defensa que nos ciegan lo hacen con el fin de protegernos. ¿Cuándo se produce
el salto que nos permite darnos cuenta de esa pérdida de sensibilidad, que nos
permite percibir que hemos intercambiado conciencia por anestesia, que nos
aleja de quiénes somos? ¿Acaso se produce? ¿No vivimos sin darnos cuenta de
nuestra neurosis? Lo hacemos. Forma parte del proceso de individuación y
maduración percatarse de los mecanismos de la mente que nos llevan por los
caminos equivocados, los caminos laberínticos que nos llevan a pasar una y otra
vez por el mismo sitio, a repetir errores, a cagarla de nuevo. Millones de
neuróticos pugnando por joder el planeta, la gran mayoría sin darse mucha
cuenta de ello, abrazados a banderas, a símbolos o a profetas. Mierda de
pesimismo. Mierda de teclas con mensajes de vuelta.
Necesito irme a correr.
martes, 17 de julio de 2012
INTERESES CRUZADOS
Hola Àlex:
La verdad es que
no sé cómo empezar. Es probable que jamás llegues a leer esto porque cuando tú
seas usuario de las tecnologías de la información, seguramente que dentro de
muy poco, este método de comunicación estará más que obsoleto, pero no por ello
renunciaré a explicarte lo que pienso de estos días de lujuria especulativa.
Resulta, hijo, que
unos meses antes de que tú nacieras se inició en este país la crisis en la que
aún estás metido. Sé que ahora toda la información que tienes al respecto no
resuelve tus dudas ni te aclara las ideas, sobre todo porque la gran mayoría de
los medios de comunicación que tratan de (des)informarte se encuentran
manipulados. Perdón, quiero decir que siguen las directrices impuestas por el
órgano de dirección del medio en cuestión, un órgano de dirección repleto de
señores encorbatados, cuyos millonarios sueldos están pagados por los dueños de
esas mismas y de otras empresas, las cuales, a su vez, obtienen suculentos beneficios
gracias a tu esfuerzo y tu talento y al de otros como tú. Unos beneficios, por
cierto, que serán evadidos en gran medida a paraísos fiscales, vaya a ser que a
algún iluminado le dé por reinvertir la recaudación impositiva ligada a ellos en
aras del interés común.
Soy consciente de
que lo que te voy a decir es algo que puede parecerte estúpido, habida cuenta
de la sociedad individualista en la que te mueves, pero mi obligación como
padre, y lo que siento que debo hacer, es ayudarte a entender que el interés
particular, ese que tanto ensalzan los políticos y secuaces del terrorismo
financiero, no tiene sentido sin el contrapunto del interés general. Àlex, no
es verdad que la Sanidad Pública sea insostenible. No es verdad que tampoco lo
sea la Educación. No es verdad que no podamos contar con un sistema de
Seguridad Social que dé cobertura a las personas en dificultades. Eso es una
patraña que se inventaron unos cuantos hace mucho tiempo para poder mantener su
cuota de poder intacta, de ahí lo de conservadores. Pregúntate quiénes salen
beneficiados de la configuración de la sociedad en la que vives y sabrás
quiénes son aquellos que se oponen a lo público. Los poderosos cada vez son más
ricos y el resto de personas cada vez más pobres, miembros de un entramado
social cada vez más ignorante y atrasado. Por cierto, un litoral lleno de
hoteles no es sinónimo de progreso, por muy bonito que quede el plano
televisivo de un circuito de automovilismo bordeando la playa.
Hijo, te cruzarás
con personas que se quieran aprovechar de ti, eso es algo inevitable. Estará en
tu mano el dejar que lo consigan o no. El mayor problema lo encontrarás cuando
esas personas no tengan cara ni ojos, cuando no sepas quiénes son y sólo los
conozcas bajo el sobrenombre de los
mercados. Hay algunas voces interesadas que te dirán que esos mercados no
son entelequias ficticias sino que son personas, y eso es cierto. Lo que no te
dirán esas mismas voces es que de todas esas personas que representan a los
mercados sólo unas pocas son capaces de desplazar su dinero a lo largo y ancho
del planeta sin ninguna restricción. Esas personas no te explicarán que el
beneficio obtenido por los movimientos de capital casi siempre lo es a expensas
de otras personas con mucha menos información que ellas. La información es
poder. El dinero es poder. Sólo espero que en el futuro seas capaz de
percatarte de los mecanismos del poder. No es que ese conocimiento te vaya a
aliviar la conciencia, todo lo contrario, pero por lo menos sabrás quiénes y
por qué te están tratando de tomar el pelo.
Cuando yo era
adolescente me enseñaron que la configuración de la sociedad se podía representar
gráficamente como una pirámide, una pirámide en la que unos pocos, los que se
encontraban en la parte más alta de ella, poseían la mayoría de recursos
económicos del mundo. También me enseñaron que un buen indicador del grado de
progreso de una sociedad quedaba reflejado en la manera cómo evolucionaba esta
representación gráfica, es decir, el progreso social se hacía más palpable a
medida que dicha pirámide se iba aplanando, lo que quería decir que iba disminuyendo
la cantidad de personas que se encontraban entre los más desfavorecidos, resultando
de esta manera una sociedad más justa y mejor cohesionada, algo fundamental
para la erradicación de la conflictividad social. Creo que esta enseñanza
continúa vigente. Al hilo de esto, me preguntarás: papá, ¿qué tiene que ver la
cohesión social con el conflicto?
Evidentemente, yo
no soy sociólogo pero puede que a través de un ejemplo entiendas la relación
que pretendo mostrarte. Imagínate a un chico de quince años que ha crecido en
un entorno deprimido y sin expectativas de mejora en el futuro. Este joven pasa
la mayor parte de su tiempo viendo la televisión porque no ha tenido acceso a
otro tipo de actividades con las que desarrollar su talento, una televisión que
no deja de emitir un anuncio en el cual un chaval de su misma edad luce unas
zapatillas llamativas que provocan la admiración de todos sus compañeros de
colegio y cuyas propiedades milagrosas le permiten realizar tremendas gestas
deportivas sin esfuerzo alguno, claro. Si a este chico, al que ve la tele, no
le han enseñado a pensar de forma crítica, si lo único que recibe son mensajes
en los que se enfatiza lo positivo del consumo desbocado y, además, los modelos
sociales que observa son los de personas que han llegado al ¿éxito? gracias a
su ¿astucia? para saltarse las normas acordadas por la comunidad, si encima
está convencido de que leer es una pérdida de tiempo, acabará por experimentar un
tremendo sentimiento de frustración al no poder acceder a esas zapatillas. Y
esa frustración vendrá acompañada de resentimiento, un resentimiento que fácilmente
puede desembocar en violencia.
No sé si me he
explicado bien. Lo que quiero decir, Àlex, es que procures no fijarte en las
zapatillas de los demás. No quieras tener más que nadie. Siéntete agradecido
por aquello de lo que dispongas y busca siempre el bien común aunque eso no
esté de moda. Por tu propio bien.
NUEVAS PERSPECTIVAS
Es curioso que uno
no sepa lo que está haciendo hasta que lleva cierto tiempo haciéndolo, o que no
entienda lo que significa algo hasta que se producen los cambios que le
permiten ampliar su perspectiva al respecto. Ahora, años después, empiezo a
entender lo que significa El Rincón de Navarrete. Ahora, tras muchos meses,
comprendo que ese Navarrete del Rincón no soy yo. Me ha costado percatarme de ello
pero he empezado a captar la esencia de lo que estaba haciendo: escribía y veía para otro, para otro
Navarrete, un Navarrete mucho más humano y menos contaminado que yo. Ahora es
cuando empiezo a darme cuenta del sentido de mis acciones, sentido del que no
era consciente pero que siempre estuvo ahí, latente, ávido por exponerse.
Es verdad que hay
un punto de exhibicionismo en todo esto, una manera de abrirse al mundo a
través de la expresión escrita, una manera como otra cualquiera de filtrar lo
que observo y plasmarlo en un lugar desde el cual pueda ser compartido por los
demás. Hay personas que captan imágenes y las muestran. Hay personas que
componen música, que la interpretan o que la bailan. Hay personas que hablan y
se explican fantásticamente de forma oral. Otros actuan. Son formas de comunicarse con el
otro. Yo escribo de vez en cuando. Sin muchas pretensiones, las justas para
engañarme a mí mismo creyendo que lo hago bien o para recibir de vez en cuando
la palmadita de algún familiar o amigo que se pasa por aquí. Aún así, siempre
ha existido otro motivo del cual ahora me percato.
El Rincón de
Navarrete fue desde sus inicios un rincón extraño, sin fundamento aparente. Fue
un rincón artificial, creado por otros para Navarrete. No había dirección ni
sentido. Era un rincón sin finalidad ni objeto. El rincón empezó anunciando que
era un espacio abierto a las personas, autopublicitándose como el rincón de
todos los que se quisieran quedar un rato a su abrigo. Hoy entiendo que el
rincón sí es de Navarrete. Es suyo, o, mejor dicho, es para él. Ahora comprendo
que el rincón es para Navarrete, para que lo lea de vez en cuando, para que
escuche la música que en él figura, para que conozca a su padre de una manera
más profunda, de una manera diferente, para que conozca otros aspectos de quien le obligaba a comerse la
fruta de las meriendas o se pasaba horas viéndole jugar en el suelo.
Empiezo a entender
qué es el Rincón. Empiezo a distinguir la forma del camino. No hace mucho que
encontré la oxidada brújula. Se me perdió hace mucho tiempo y estaba todo tan a
oscuras que no la podía recuperar. Pero hay luces que no entienden de brumas,
luces que a uno lo convierten en alguien mejor, que le conceden una tregua y le
ofrecen la posibilidad de ver por dónde anda y hacia dónde se dirige.
Bienvenido a tu
rincón, Navarrete.
martes, 10 de julio de 2012
ENCUENTROS
Coge la pieza roja y la encaja sobre la azul. Sonríe e inclina su cabeza
hacia mí, mostrándome esos dientes tan blancos que rompieron sus encías hace
algunos meses. Al verlos, su madre dijo que iba a tener la dentadura de su
abuelo y de su tío, los hombres de la familia. Busco rasgos que confirmen que
he contribuido en la génesis de tan perfecto ser. La verdad es que no los
encuentro, no soy capaz de hallar ni un lejano parecido entre esa maravilla que
recorre el pasillo impulsándose con el trasero y yo. Bueno, quizás sí doy con
uno: él también suda a raudales, tanto que incluso el leve contacto de su piel
con las sábanas o la almohada sobre la que duerme activa su metabolismo de
manera que al cabo de un rato se asemeja a una especie de pequeño Buda reluciente.
Se muestra tranquilo. Es curioso pero no atrevido. Escruta el ambiente,
sobre todo las caras de aquellas personas que le rodean. Primero observa
cuidadosamente y después parece valorar la situación sesudamente antes de
iniciar cualquier acción. Su gesto es de concentración, a veces ni parpadea.
Sólo se me ocurre una imagen más bella que la descrita y es otra de su mismo
rostro, el que pone cada vez que ve llegar a su madre del trabajo, a esas horas
en las que jugamos sentados en el suelo.
Encaja las piezas y percibo su alegría al sentirse competente. Toma dos
pelotas de colores, una en cada mano, y tras mirarme de soslayo y con gesto de
picardía, las proyecta hacia el punto más lejano del salón. Coge los cuentos y
pasa sus páginas con parsimonia. Presta atención y se sumerge en lo que está
haciendo, hasta que oye un ruido a su espalda. Es el tintineo de un pequeño
objeto metálico que se acaba de introducir en la cerradura. Identifica el
sonido y lo relaciona con el momento del día en el que se encuentran. Automáticamente,
deja lo que está haciendo y se da media vuelta en dirección a la puerta de
nuestro hogar. Sus pulsaciones se han disparado en cuestión de décimas de
segundo y ahora balbucea frases ininteligibles mientras levanta los brazos en
señal de excitación por lo que intuye que va a suceder. Se abre la puerta y
tras ella aparece el rostro de su madre, su preciosa madre, que lleva sonriendo
desde el momento en que salió de la oficina y empezó a imaginar este preciso
instante. Se miran fijamente al tiempo que sus desiguales pasos trazan el
último trayecto antes del esperado contacto. Sus rostros son como pantallas en
las que se proyectan ilusiones y anhelos. Sus almas son dos espejos en los que
se reflejan los más hermosos sentimientos. Mientras, en un segundo plano,
apartado pero absolutamente presente, contemplo la escena en estado de arrobo,
orgulloso de ellos y agradecido al destino, a la Providencia, a la Naturaleza o
a lo que sea por haberme ofrecido este regalo, el presente de poder ser testigo
del amor más puro que jamás haya percibido.
Se funden en un abrazo y no puedo evitar emocionarme. Reconozco que tengo
bastantes más defectos que virtudes, pero uno de esos defectos no es el de
obviar los sentimientos de los demás, todo lo contrario, los percibo con
intensidad, como percibo claramente que la conexión que existe entre ellos está
por encima de cualquier otra cosa. Y yo me siento extrañamente cercano a esa
luz que irradian al fundirse en uno. Y es en ese momento en el que entiendo y
me percato. Es cuando me doy cuenta del verdadero significado de la palabra
amor y, a la vez, de la suerte que tengo al poder compartirlo con ellos.
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