domingo, 12 de enero de 2014

PALABRAS A MI MONCHU

Un poco de agresividad sobre la pista es bueno: es necesario oponer resistencia al rival, proyectar sobre él cierto grado de autoafirmación para que se dé cuenta de que estamos ahí, para que perciba que estamos muy presentes y que le será difícil superarnos. Pero es muy distinto el hecho de expresar esa agresividad de una forma inteligente, dirigiéndola hacia objetivos deportivos como, por ejemplo, chutar a gol con potencia, que hacerlo de forma descontrolada, proyectándola hacia los tuyos. El hecho de volcar la propia frustración y la propia impotencia en el compañero más cercano nada tiene que ver con el significado de ser agresivo en el campo. Eso no es ser agresivo, eso es ser un irresponsable, pues es responsabilidad de cada uno contener las propias emociones y los propios sentimientos tóxicos en aras de no perjudicar a los que presuntamente están de tu lado.
La ira mal enfocada o descontrolada sólo nos perjudica. Es cierto que se necesita un punto de mala leche en el campo, pero sólo un punto, un punto contenido y concentrado en el foco adecuado, es decir, un punto de agresividad justo donde hay que situarla y no en otro sitio: en las disputas, en los repliegues, en los chutes a puerta, en los forcejeos por ganar una posición. Es en esos espacios en los que ha de actuar la ira o la agresividad. Pero hay que ser muy responsables para gestionarla adecuadamente. Y hay que ser adulto para responsabilizarse de lo que hacemos con ella. Uno de nuestros profundos problemas es que no nos hacemos responsables de nuestros estados de ánimo durante los partidos, ni de eso ni de las palabras que dirigimos a compañeros, árbitros o rivales. Y eso nos desenfoca y nos saca de los partidos, partidos como el de ayer, partidos en que, sin ser brillantes, nos dimos cuenta de cómo teníamos que jugar para poder ganar, partidos en los que no empezamos bien pero en los que aprendemos sobre la marcha y cambiamos para generar problemas a los contrincantes. Partidos que, de igual manera, parecen transmutarse en infiernos cuando perdemos la cabeza. Pero el infierno no es el rival ni el árbitro. El infierno somos nosotros mismos y la pérdida transitoria de nuestra cordura.
Es una opinión personal, una mera percepción, pero creo que nuestro mayor problema no se encuentra en nuestra falta de capacidad técnica o táctica. Yo creo que nuestro gran mal es la falta de contención. Y eso, tristemente, es difícilmente solucionable sin una toma de conciencia previa y algo más de autocrítica por parte de todos. Insisto, hasta que no nos sentemos a hablar de ello y establezcamos un compromiso verdadero para autocontrolarnos es muy difícil que evolucionemos. Y, al hilo de esto, es bueno recordar que a medida de que el tiempo pasa nuestro vínculo con el fútbol se hace menos estrecho. Por el contrario, los lazos personales, los afectos, son susceptibles de hacerse más intensos. No confundamos los términos de la ecuación, porque entonces no habrá ni fútbol ni lazo personal.

jueves, 19 de diciembre de 2013

DISTORSIONES

Se incorpora y tira de la cadena. Baja un poco el volumen del reproductor y luego humedece su cara con agua caliente. Tiene las manos heladas. El vapor empieza a empañar el espejo donde ahora contempla aquel rostro tan extraño y cambiante. Ha decidido afeitarse para ser testigo de algún cambio. Se ha dado cuenta de madrugada. Se ha percatado, aún no sabe si durmiendo, despierto o mientras hablaba con alguno de sus amigos, de que necesita comprobar que es capaz de producir modificaciones en su vida de forma intencionada. Por fin toma conciencia de la realidad. Y descubre que las decisiones llevaban mucho tiempo tomadas. Por eso se afeita, para ser agente y a la vez testigo de un cambio, para demostrarse a sí mismo que él hace lo que dicta su propia voluntad y, sobre todo, para no dejarse arrastrar por la convicción de que es un títere del destino o de los designios de algún ente exterior. Está a punto de cortarse por propia iniciativa, cree que la sangre será una prueba tangible de su certeza. Renuncia a ello y sonríe al ver la diferencia existente entre las dos mitades de su cara, entre la mitad afeitada y la otra media, aún barbuda. Parecen las caras de dos personas diferentes. Se pone de perfil y cuando se mira al espejo de nuevo toma un gesto afectado y pronuncia unas palabras en tono grave. Después se gira, dirige su mirada a la otra mitad y entonces pone una voz más aguda. Deja caer la cuchilla en la pica y se agacha para abrazarse de nuevo a la taza del váter. Vomita un poco más. Ya prácticamente no sale nada de su exhausto estómago, sólo un hilo de saliva matizado con algo de bilis verdosa. De rodillas, llora. Es un llanto desprovisto de pensamientos. Es su cuerpo entero el que llora, el que se sabe derrotado. Ni sabe ni puede ni quiere salir de este estado. Cree, de algún modo, que lo tiene merecido, que no es digno de felicidad. Siente que es un cobarde. Es testigo de todo ello y decide sumergirse en la amargura, se llena de pena para ver si ésta le ayuda a entender todo lo sucedido en los últimos tiempos. Se deja llorar para ver si de esta manera identifica qué es lo que ha muerto dentro de él. Lo sabe, pero no quiere reconocerlo aún, no quiere reconocer que hace mucho que lo entendió. Demasiado tiempo en aquella casa, demasiado tiempo con aquella mujer, ya casi una extraña para él. Ahoga el sonido de su garganta apoyándose en la toalla. No quiere despertar a los niños. Su sentido de la responsabilidad sigue siendo superior al malestar y a las ganas de salir corriendo de allí. Sabe que en un rato pasará lo peor y que podrá volver al juego sin necesidad de esforzarse mucho. Necesitará una nueva dosis de anestesia, pero ya se ha acostumbrado a obviarse a sí mismo. Sólo necesita unas horas para recuperarse. Entonces, cuando ya cree que no puede más, coge su Iphone y tuitea la foto de su rostro a medio afeitar. Le gusta el efecto visual de la imagen distorsionada que se refleja en el espejo cubierto de vapor. Acaba el trabajo y vuelve a la cama. Abraza a su mujer y cree dormirse mientras se pregunta si todo aquello no está siendo más que un mal sueño provocado por el alcohol.

domingo, 15 de diciembre de 2013

EL PODER DE UN PASEO

 

Había decidido caminar. Un beso a mi mujer, otro a mi hijo y rumbo a la pista en la que estaba previsto jugar el partido en aquella amable tarde de sábado, tarde amable y cuidadosa con el errar del caminante, un caminante menos aterido que en días anteriores, más liberado de su propio interior y más dispuesto a dejar vagar la imaginación. Mi decisión de recorrer un par de kilómetros a pie no fue vana. A veces necesito aislarme en mi solitario caminar para aclararme, para repasar el sentido de mis actos, que, por otra parte, suelen ser en un alto grado inconscientes. No sabía en qué quería pensar, pero intuía que necesitaba hacerlo, dejarme llevar por el corazón del distrito de Les Corts para encontrar en algún rincón de él la respuesta que no estaba encontrando en los últimos tiempos. Lo malo es que tampoco sabía cuál era la pregunta. Crucé Numancia y llegué a Déu i Mata. El peso de la mochila me retornaba al presente, pero yo, testarudo, reubicaba el armatoste y volvía a la meditación. Empecé a saber qué buscaba en la Plaça de Comas: por qué necesitaba caminar antes de un partido. Crucé Carles III con la mente puesta en qué estaba ocurriéndome para que deseara tomarme un tiempo para estar solo conmigo durante los momentos previos a una tarde de fútbol, ideas revoloteando, yendo y viniendo, sabedoras de algo que todavía yo no sabía. Momentos de introspección sobrevenida, conscientemente buscada a pesar de la inconsciencia subyacente, de nuevo la irresoluble contradicción en la que vivo, la misma por la que aparezco y desaparezco ante mí mismo tantas veces. El lenguaje críptico de mi tránsito diario. Uno al final se acostumbra. Se acostumbra a entender que sólo entiende a medias, y, sobre todo, se acostumbra a entender que no tiene por qué entenderlo todo, mucho menos a sí mismo, por mucho que quiera hacerlo, por mucho empeño que en ello ponga. Se acostumbra a escuchar. Se acostumbra a esperar a que, de una vez por todas, se conforme una figura, que ésta emerja del fondo inopinado, que la luz, por muy opaca y difuminada que se muestre, acabe por iluminar algún aspecto de la realidad. Es en ese foco en el que me voy acostumbrando a vivir, en el foco de los matices, en el de las medias verdades, en el foco de la ambigüedad, la propia ambigüedad de la naturaleza que nos acoge. Me voy acostumbrando a entender que el foco que creo manejar, el foco de mi atención consciente, suele estar mediatizado por el foco del foco, el foco de mi atención escondida, de mi yo escurridizo, el que domina sin ser visto, el que argumenta y apunta lo que tiene que decir a mi otro yo para que éste explique el por qué y el cómo. Me he ido acostumbrando a no creerme en exceso al yo listillo, al que todo lo sabe. Me he acostumbrado a cuestionarlo y a mirar más allá de la cegadora luz del primer foco. Cuando aguanto sin ponerme nervioso, cuando contengo el impulso de dejarme llevar por la falsa claridad, entonces detecto la fugaz sombra del yo agazapado, del verdadero ejecutante, el que maneja los hilos. Cuestiono al clarividente yo y me apercibo de quién toma las decisiones, de quién manda realmente. Me percato de quién dirige el foco del foco. Aunque no siempre lo consigo, porque es un maestro en el arte del camuflaje y la evitación, un profesional del escapismo de mayúsculo embozo. En cualquier caso, he aprendido a esperar, a esperarlo. Lo espero corriendo, escribiendo o caminando, convirtiéndome en mero espectador del diálogo, del juego del gato y el ratón, el juego del escondite existencial. Miro al crédulo portador del foco y miro al que maneja el foco del foco y en ocasiones soy privilegiado testigo de sus interacciones, de cómo uno no se da cuenta de nada y el otro hace un esfuerzo titánico por mantenerse en el mismo quicio de la puerta, en el justo medio entre la oscuridad y la claridad, sin mostrarse del todo pero haciendo acto de mediana presencia para que todo el mundo sepa de alguna manera que existe, que es. El embozado vanidoso. El petulante director de escena. Y esperando lo observé, llegando casi a la Maternitat, cada vez más cerca del recinto deportivo que minutos más tarde acogería mis cada vez menos furibundas carreras. Fue entonces cuando pude entrever lo que semanas antes ya intuía, porque el enmascarado se manifiesta siempre a través de la intuición, porque no se atreve a mostrarse pero siempre quiere ser protagonista, y por ello envía mensajes acústicos al sordo guía del primer foco, que no se entera mucho y cuando escucha cree haber encontrado una lúcida respuesta por sí mismo. He sido yo, parece querer decir el actor oculto, pero no se atreve. Lo que entendí fue que necesitaba dar una vuelta, un estupendo paseo por el centro del barrio barcelonés para entender el porqué de mi malestar con el equipo en los últimos tiempos, de mi malestar conmigo mismo en relación a él. Y, si os soy sincero, creo que no lo acabé de entender. Ya se sabe, el puto inconsciente nunca es tan amable, pero sí que recuperé cierta paz conmigo mismo y una extraña apetencia por el fútbol que llevaba semanas sin sentir. Una descansada meditación que me devolvió a antiguos derroteros, los de la ilusión a pesar de. Los de las ganas a pesar de. ¿A pesar de qué? A pesar de la derrota. A pesar de que otros decidieran tomárselo a mal. A pesar de los gritos, aullidos y ruido exterior. El trayecto de media hora me había blindado, aquel trazado luminoso, en lo espiritual, claro, había acorazado de tal manera mis sentimientos que me daba igual el resultado del encuentro y su desarrollo mismo. Me di cuenta de que había decidido, sin saberlo, ser feliz a pesar de los pesares.


Me encontré con Galusca, precedido por su sempiterna sonrisa y su coloreado y encolado cabello. Estrechamos nuestras neuróticas manos y nos dirigimos hacia uno de los fondos, aquel en el que esperaba paciente la incombustible señorita Bordés, la Sara, la verdadera y única responsable del sobredimensionamiento de este club, la que atestigua cada semana que existimos, la que espera sin esperar, la que mira y observa, e imagina, la que nos da más de lo que ninguno podamos entender desde nuestro estrecho intelecto. En una esquina, siempre esperando, derrochando un altruismo poco percibido por imbéciles de nuestro calibre. Bona tarda, Sara. Ja hi tornem. Un somriure càlid i tornem a començar. Van llegando los demás: Jesús con el casco en la mano y el caminar erguido; una postura rígida y el talante afable, postura corporal propia de quienes tienden a ser deudores de un exceso de responsabilidad, propia de quien reprime la ira para no dañar a los demás. Está contento el cabrón, un tipo alegre que encuentra la alegría en algún lugar de su espacio interior, imposible de discernir, el origen de ese espacio y de  esa alegría cuando luego lo ves sobre la pista, desasistido y obviado por el resto de compañeros, capaz de sacar petróleo positivo de cualquier situación potencialmente vejatoria, campeón de campeones en el noble arte del judo emocional, de convertir la energía agresora en energía agredida al rebotar toda ella en su panza sanchesca y vital. Ñeti es especial. Ayer jugó realmente bien. Nadie hubiera dicho que era mejor ni peor que cualquiera de los que pisamos el ruborizado asfalto de aquel lugar. Acertó arriba y acertó abajo. Corrió cuando tuvo que correr y paró cuando lo tuvo que hacer. Gran partido el del pratense pródigo. Luego llegaron Jaime y Raquel, sostén y delegada respectivamente, sostén él de nuestro juego y poseedor del tempo último de los encuentros y delegada ella  de nuestros acervos y sentimientos futboleros, custodia de fichas, joyas y más de un impuro pensamiento. Custodia del custodio de nuestro juego, custodia al cuadrado entonces. ¿Cómo se llama la cuidadora del cuidador? El cirio verdadero, la verdadera respuesta religiosa en un cirio y no en cien, la calma espiritual en él encarnada para dotarnos de mística y pausa. El sosiego azulado que parte de la suela de su azulada bota derecha. El que amarra el desbocado e intrépido espíritu grupal, el hombre que susurra al oído del corcel muntanero para que guarde la compostura y el orden. Keep calm, Monchu. Keep calm, que yo la aguanto, que yo la piso, chicos, que soy amigo de mis amigos, amigo del control y el arte de la parsimonia, amigo del balón, que yo lo trato con cariño, que lo acuno en su justa medida, que lo empano entre pisada y pisada, que lo convierto en croqueta de difícil digestión para el rival. Y entonces llegan los brothers, los Justins: Timberlake y Bieber; los zonafranqueses de mi vida, los hermanos Berruezo, maxi y mini, aunque a veces no sé cuál es más maxi de los dos, si nuestro hombre elástico o el joven padawan que extrañamente tanto se vuelca en este equipo de parias. Ambos hicieron lo que saben. Bueno, hicieron muchas cosas que saben hacer bien: pararon balones de indescriptibles y cambiantes trayectorias, proyectaron el esférico en perfectas parábolas de más de treinta metros de recorrido, colaboraron en la gestión de cierres y cumplieron funciones de auxiliares técnicos, animaron y se retorcieron, tanto en la banda como en el campo. Los jodidos y carismáticos Berruezos, el competitivo hermano mayor y el generoso y vital hermano mediano, el del medio de los Chichos, el más artista de todos. Pero no fue todo lo que he dicho lo que mejor hicieron, no. Lo que mejor hace un Berruezo es implicarse, es decir, poner el corazón en lo que está haciendo, y cuando digo el corazón digo los cinco sentidos y un poco más, porque además de los cinco que estudiamos cuando somos jóvenes existe un sexto, el jodido e intangible  sexto sentido, que no es más (ni menos) que la intención y el deseo de conseguir que algo ocurra. Que yo estime a maxi Berru no es una noticia demasiado novedosa, que el discutiblemente mini me caiga especialmente bien tampoco lo es; por eso, amic, te garantizo que si existe algún tipo de diablo pactista, éste acabara su carrera a tu lado.

Desi se quedó un poco rezagado. Observando los movimientos tácticos de los equipos que recorrían sin demasiado sentido el piso rojizo de enfrente. Observaba y callaba. De vez en cuando echaba una ojeada a los seguidores del Atlético Mineiro, pero, básicamente, callaba y observaba, o viceversa. Yo, acorazado y feliz pasara lo que pasara, lo observaba a él desde la penumbra de la callada esperanza. Hablaba con Galusca, Jesús y Jaime, pero miraba de soslayo el semblante de Desiderio. Me recordaba a mí mismo cuando miraba a mi padre de niño: ¿cómo estará? ¿Estará contento hoy? ¿Estará enfadado? ¿Hoy gritará? En otras circunstancias el recuerdo de otras latitudes temporales y de otros deslavazados fragmentos vitales, ya vagas ensoñaciones, me hubiera retrotraído al molesto pasado y hubiera hecho algo de mella en mi confianza, pero ya he dicho que la singladura hasta el pabellón me había hecho fuerte, la observación del evasivo yo y mi toma de conciencia previa, la de que uno puede sentir compasión de algún aspecto de sí mismo sin caer en victimismos, había vitaminado y estabilizado la volubilidad de mi carácter. Mantenía mi atención dividida, una en varios interlocutores y otra en Desi, con el único objeto de discernir su estado interior, pero no ya para quejarme, tratar de convencerle, motivarle o mostrarle mi típico apoyo paternalista y fomentador de la dependencia, no, esta vez no. Simplemente lo observaba para saber a qué atenerme y para saber si esa tarde íbamos a ser seis o siete jugadores de campo. Ese lapso de tiempo, diez minutos aproximadamente, dio mucho de sí en mi cabeza. Tuve tiempo de intercambiar impresiones tácticas con Galu, económicas con Jaime y absurdas con el Ñeti. Además, tuve tiempo de pensar en todo lo que había pensado en los últimos meses de Desi. Pensé que había dedicado mucho tiempo a pensar en qué estaba pensando mi compañero. Pensaba en que quizás había invertido un tiempo inútil en tratar de provocar un cambio. Eso me llevo a pensar que, cómo muchas veces, igual me estaba pasando de listo, o de la raya, o atribuyéndome funciones no otorgadas, o, simplemente metiéndome donde no me llamaban o creyendo saber más de lo que ya sabía. Pensé que quizás me estaba equivocando, aunque luego pensé que igual no. En cualquier caso, yo estaba blindado, llevaba puesto el chaleco antichorradas y ningún Desi de poca monta me iba a joder el día, nadie me iba a sacar de la senda que había encontrado a través de las callejuelas del districte de Les Corts. Aún así, no podía dejar de estudiar sus facciones, de mirar su gesto, de anticipar su estado anímico. Quería ir y decirle eso de mierdón, qué tal, espero que hoy no hagas el gilipollas y te dediques a disfrutar. Sí, sí, ya lo sé, tío mierda, ya sé que soy un pesado y que harás lo que te salga de los huevos, pero mi blindaje emocional, ése que ha llegado con el ocaso de un sábado de diciembre, me permite decirte esto sin pestañear. ¿Qué estoy loco?, y tú que sabrás. Estoy loco por vivir, por jugar a este deporte tan extraño y vitalista, loco por compartir un rato de todos vosotros y por volver a soñar que no importa el resultado si nos mostramos como un equipo. Estoy loco porque vuelvas a ser quién eres, el que se desata y juega. Y juega, del verbo jugar, de retozar, de desligarse del rol rutinario y zanjar la cuestión con lo que te agobia en el trabajo. Jugar, de dejarse llevar, de vivir, Desi, cojones, jugar de vivir. El sentido del juego es el de salir de uno mismo para volver después renovado. Juega, Desi. Juega al fútbol y juega conmigo y con los demás. Vistámonos de blanco y verde, o de azul y verde, y ocupemos nuestro lugar en el campo, ocupemos nuestro rol en el juego. Nos vamos a disfrazar, tío. El sentido del disfraz es ser quién no eres en el guión establecido de tu vida, el mismo que te escribe el que guía el foco del que enfoca. Juega para volver a ti iluminado, ilusionado, para renovarte, y de alguna forma morir. Morir para nacer, es lo que quieres y no sabes. Mueres con el equipo para nacer después, para volver a ti habiendo entendido parte de los mecanismos manipuladores del que vive en tu sombra, de tu yo evasivo. El fútbol lo descubre, y cuando lo ves y enfocas el foco que él siempre dirige, lo deslumbras y en parte lo incorporas. Bajan las defensas y defenestras su armadura. Desi, blíndate como yo lo he hecho esta tarde, paseemos juntos, coño. Y nos blindaremos frente a nuestros yos gilipollas e inmaduros. Juega, Desi. Juega. Joder, no sé si me entiendes. Pero no le dije nada, aunque, como si de un telépata se tratara, Desi volvió a jugar. De una vez por todas se liberó y fue Desi, sublime y arrollador Desiderio Melús, omnipresente ave Fénix que se rehízo de sus cenizas en pleno vestuario para volar muy por encima de las cabezas de los asistentes a aquel terreno de juego. Y desde la cima lo vio todo, desde las alturas lo observó todo un segundo antes. Corrió-voló por el asfalto, un asfalto más rojo que de costumbre cada vez que él lo pisaba, porque el Fénix viene del fuego y consigo lleva fuego. El Fénix-Desi que quemaba el suelo con la planta de sus pies voladores, el Fénix-Desi que nos aleccionó con su pundonor e intensidad y que alumbró nuestras conciencias y a ese hijoputa que tanto desenfoca su foco. Enfocador identificado y ajusticiado, enfocador obligado a alinearse con los objetivos del ave Fénix-Desi, el rapaz que todo lo caza y todo lo ve. Bienvenido Fénix, quiero decir, bienvenido de vuelta, si eso puede ser, Desi.

Estuve observando al que yo aún no sabía que iba a ser Fénix hasta que llegó Dani, sumidero atencional que todo lo arrastra y todo lo absorbe. Uno, blindado como estaba a esas alturas del día, se dispuso a ofrecer atención al que la requirió y, tras un canje económico de bastante enjundia para tipos proletarios como nosotros, rasgué mis vestiduras evasivas y me lancé a la pura alegría de conversar con mi orondo y risueño amigo. Portaba su mochila a la espalda y la pequeña bolsa de mano apoyada en su antebrazo izquierdo. Dicharachero por naturaleza, copó varias conversaciones al mismo tiempo y lideró el aturdimiento general  de todo aquel que se decidía a escucharle. Rió y criticó por igual. Centro de los centros, se mostró y exhibió sus interioridades como si de un vendedor de inmuebles se tratara. Este Dani está cambiado. En ocasiones, sigue quejándose en el campo, pero él también parece acorazado frente a los embates del picado mar muntanero. Mi absurda teoría respecto al cambio mental del bueno de Dani tiene que ver con su estabilidad conyugal. Especulo y fantaseo con una teoría: Eli, terapeuta de profesión, ha tomado las riendas de la relación y de su capacidad amorosa y eso ha devenido en una modificación sustancial de la escala de valores de nuestro amigo. Su desempeño sobre el terreno de juego ya no es fuente ni origen de depresión y alicaimiento. ¿Por qué? Porque ahora su señora le hace caso. Existe alguien que le dice que sí, que sí cari, que tienes razón, que sí, cari, que tienes unos ojos muy bonitos y no hay nadie que haga el amor mejor que tú, que sí, cari, que te quiero más que a nada en este mundo, que te quiero marques más o menos goles, que te querría aunque fueras diestro. Y Dani es diferente dentro de su similitud, la calidad de su simpatía es diferente dentro de su simpatía natural. Dani mete goles con la derecha. Sigue existiendo un agujero negro de difícil explicación científica tras su espalda pero su actitud remonta el vuelo sin cesar. Y ello le hace acreedor de más y mejores oportunidades, de más y mejor presencia, de una mayor entidad, de una mayor capacidad y de una mayor capitalización de la confianza de todos los compañeros. Dani, imbuido de un espíritu juguetón y atolondrado, sujeta su vida a través del amor, como lo intentamos todos, solo que él lo manifiesta y lo expone, lo muestra, igual que muestra su fútbol, con sus carencias y sus fortalezas, sus debilidades y sus aplomos. Ayer Dani también llegó blindado, tanto, que tras absorber el agujero negro de su retaguardia el primer gol rival, tiró de imaginación y se colgó de la lámpara de su absoluta locura para inventarse el primer gol (golazo) con la derecha que yo le recuerde. Gol clave. O gol llave. Llave que abrió la puerta de la esperanza. Llave maestra que abre y cierra, que abrió nuestro ánimo y cerró de golpe nuestras dudas, llave que no dejó ni que pensáramos en una eventual derrota, llave que cerró el maldito agujero, abismo diría yo, que se extiende a la espalda del galán hortense. Dani tiene la llave. Lo que pasa es que no lo sabe. Él y Desi juegan con las llaves, matarile-rile-rile, matarile-rile-leró. En el fondo del mar, no, en el fondo de sus conciencias se esconden, en su interior se esconde el número secreto, el número que abre la caja fuerte de los éxitos muntaneros. Eli, escrutadora de las psiqués ajenas, tiene una ardua misión por delante: alumbrar interiores en los que se alojan llaves. Llaves que son claves.

Por último llegaron los capitostes. Enfundados ambos en sus respectivas gorras. Ataviados entre la modernidad y el extrarradismo que les confiere su origen, a caballo entre su genética rural y provinciana y su cultura importada y de nuevo cuño, navegantes ambos del subsuelo condal unos minutos antes. Yeyu y Manel. Manel y Yeyu. Ambos guardianes de nuestras espaldas y nuestras erratas, capaces de condonar un despiste saliendo al corte con velocidad. Eugenio, disciplinado, férreo y afilado. Apareció en el pabellón porteando un saco de balones y salió cargando con uno de buenas acciones defensivas. Ambos salvaron goles ya cantados por los otros verdes. Yeyu plantó el escudo y Manel ejecutó su típico baile jacksoniano para desbaratar la más claras de las ocasiones rivales. Ambos capitanes generales. Yeyu desde la atención concentrada, desde el trazo invisible de los movimientos y diagonales de compañeros y contrarios, imaginando antes que viendo, anticipando acciones y rasgando anhelos. Manel, capitán general de la contención y el sentimiento muntanero, responsable hasta la desmesura y feliz en su papel de jerarca máximo de la táctica cochinillesca, por ella animado y especialmente motivado a la hora de destruir el juego tousiano. Ánimo imperturbable y jefe de la zaga, indiscutible autoridad de nuestras opiniones y nuestro caminar. Ejemplo a seguir y costurero de profesión, hilando lo que se desteje en cualquier punto del grupo, asumiendo el sobrecoste de ceder en sus postulados por encontrar consenso, por velar por todos y asumir sin pedir a cambio. Maestro en la asunción de otras posturas, ideas o creencias. Jefe de la mesura y el pluralismo. Amigo leal y desinteresado que siempre sale en tu ayuda cuando te han superado en el uno contra uno. Igual que en el fútbol. Eugenio y Manel, auténtica cosecha del 76, fundadores del entramado esmeralda, miembros de una sociedad validada por el tiempo y la tempestad. Inoxidables ambos y opuestos de alguna manera. Diferentes maneras de dialogar pero un mismo objetivo: lo mejor para el equipo. El yin y el yang, mano derecha y mano izquierda, ductilidad y dureza. Lo uno dentro de lo otro.


Hace un rato estaba en vena. Ya no lo estoy, sin embargo, mi blindaje sigue intacto, inalterado, reafirmado tras un duelo de sábado tarde en que uno sale victorioso y animado. El grito se produjo. La corajuda celebración no faltó en el vestuario. Salí del recinto cojeando. Sólo era una cojera física. Mentalmente me sentía liviano, liviano y fuerte, más acorazado que antes, pero no por el resultado, sino por volver a sentirme conectado.
 
Esta es la crónica de un paseo, un paseo por el centro de la ciudad y por el centro de mi alma, por el justo medio de los anhelos de un padre joven pero jugador veterano. Una excursión de poco más de media hora que me revivió, que consolidó mis postulados y me llevó más lejos de lo que dice la simple distancia física. Un caminar sereno que me advirtió de quién era y quién estaba siendo, que me dijo quién quería ser, que me susurró que no importa lo de alrededor si tú estás blindado. Lo paradójico del caso es que el verdadero blindaje sólo tiene que ver con el dejarse ser a pesar de los pesares. Blindarse no es no sentir, no es dar el poder al que enfoca al que enfoca, ni dar el poder a los otros. Blindarse, simplemente, significa entender que lo que uno siente depende de él mismo y de cómo interpreta lo que le ocurre.

Y, por último, esta es la crónica de un viaje en el que me he visto acompañado por un tipo con coleta y de pelo coloreado. Alguien, que, inopinadamente, apareció en mi vida para, sin que él lo supiera, recordarme ciertas cosas. A veces creo que todo esto es como una especie de sueño y que cuando despierte volveré a estar dos años y medio atrás y que todo lo sucedido simplemente será una historia que ha creado mi mente para dar sentido a algunas cosas. No creo en dioses ni en destinos. Creo que cada uno determina su futuro a través de sus acciones u omisiones, pero (dichosos peros) también pienso que el sentido de los sucesos y de los acontecimientos vitales lo crea cada uno y que, precisamente esa dotación de sentido es lo que hace que uno tenga la sensación de que lo que le ocurre forma parte de su historia. Aún no entiendo qué significado tiene en mi vida la aparición de un tipo adoptado por este país y cuya profesión es la de artista, lo único que sé es que darle sentido a todo ello me corresponde a mí. Es mi responsabilidad. Es nuestra responsabilidad compartida.


domingo, 8 de diciembre de 2013

EL FÚTBOL Y ALBERT

Una madrugada de sábado sin dolores musculares no es una madrugada de sábado corriente y moliente. Ni los melenudos Kadavar con sus guitarrazos setenteros me están ayudando a mitigar este vacío pegajoso e impertinente de fin de semana sin balón. No es que los últimos tiempos se estén caracterizando por ser los mejores de mi patética y ya algo trasnochada carrera deportiva, pero lo cierto es que en días como el de hoy, en noches como ésta, me doy cuenta de que esa idea que de vez en cuando surca mi mente y que tiene que ver con el fin de mi etapa como jugador amateur aún no es algo que pueda siquiera valorar como plausible. No mientras llegue un sábado sin fútbol y yo me sienta de esta manera, tan ajeno a casi todo, tan pendiente de que pasen los próximos siete días para volver a encarar de mala gana los mensajes contradictorios que me envía el castigado cuerpo respecto a lo adecuado de seguir persiguiendo a toda velocidad a tipos diez o quince años más jóvenes que yo. Que ya lo sé, cuerpo, joder, que ya sé que no eres el mismo que hace un tiempo, lo entiendo, te entiendo; entiendo tu pesar y escucho tu aullido silencioso, tu advertencia acerca de lo que te pasará cuando anochezca y la adrenalina de la competición se tome un respiro, cuando el nervio vuelva a ser sensible y las articulaciones vuelvan al primer plano de la maldita conciencia. Será entonces cuando maldiga mi terquedad y mi avaricia de seguir aumentando el enorme capital de recuerdos futboleros, mi perra de vestir de verde y blanco junto a mis amigos y de introducir el esférico de cuero en el marco coloreado. Rojo y blanco. O azul y blanco. O negro y blanco. Será entonces, pero no ahora, ahora sólo añoro y paladeo la nostalgia de una carrera a todo trapo, persiguiendo el mismo sueño que perseguía cuando tenía ocho años, el de meter el gol que dibujo en mi imaginación antes de que se haga realidad, la magia de convertir en acto lo que unas décimas de segundo antes no ha sido más que idea, más que pura ocurrencia. El sueño de ejecutar lo pensado, de poner en un solo punto del mapa esférico todo mi deseo, anhelo y ganas, patear esa cosa redonda con todas las fuerzas de mi alma y observar, mientras se para el mundo, la trayectoria que toma, la parábola que dignifica mi endiablada carrera, que le otorga sentido, el golpeo exacto, el punto culminante de una obra perpetrada en mi mente, hilada por mi ser y entretejida de tenaz esperanza. La experiencia de la fe recogida en un ínfimo lapso de tiempo, el que va desde el impacto hasta el desenlace final de un viaje aéreo, ese que traza la pelota desde que sale del pie hasta que llega a su estación final, llámese red, mano o pared.

Einstein tuvo que jugar a fútbol, tuvo que dar con la clave y cantar Eureka cuando marcó gol, cuando su tiempo y su espacio se dilataron tanto que la conciencia se introdujo a través de ese resquicio para instalarse y decirle al oído que aquello que acababa de acontecer era un meridiano ejemplo de lo que llevaba maquinando desde hacía años. El espacio entre disparo e impacto es igual a eme y ce al cuadrado. ¿Me oyes? ¿Lo entiendes ahora, Albert? Y Albert, por fin, lo comprendió. Fue entonces, en aquel preciso momento en el que el balón besó las mallas en el que todo encajó y su visión se hizo hipótesis confirmada. Y fue entonces cuando, inopinadamente, se abstrajo de tanta fórmula pensada y de tanta conciencia metomentodo y se liberó de su cognición. Fue entonces, cuando el balón se alojó en la red, en el momento en el que esa forma redonda entró en la portería batiendo a su amigo Friedrich, su colega suizo que hacía las veces de guardameta, cuando dejó de pensar en la relatividad, y dejó de pensar en la ciencia. Dejó de pensar, a secas. Fue cuando explotó de pura alegría, de puro gozo, de auténtico y genuino júbilo, el inconfundible  explosivo júbilo que a uno le sube desde la punta de los dedos de los pies y le electrifica el cableado nervioso de todo el cuerpo cuando mete un puto gol. Y Albert, el bigotudo y bueno de Einstein, mandó a tomar por el saco  a su raciocinio y se lanzó a una alocada carrera por la verde pradera helvética, saltando como un salvaje enajenado sin dirección coherente que seguir, dejándose de remilgos y de impostadas palabras, dejándose de todo y siendo quien era de una vez por todas, por unos momentos, entendiendo sin entender que el trazo entre cordura y locura es tan estrecho como la línea que delimita el suelo de la portería. A veces hay personas que no pueden volver al terreno de juego de la rutina y de la normalidad y se quedan anclados en su éxtasis o en sus proyecciones, nunca devueltos al control de la consciencia. ¿De la consciencia? No creo que pueda ser así. Uno no se siente más vivo ni más consciente que cuando se deja ser, cuando expresa lo que es, exactamente como cuando metes un gol. Albert lo entendió, de ahí lo de que el tiempo y el espacio son relativos. Albert marcó el gol y comprendió. Comprendió que la ciencia es la manera que el hombre tiene de buscar una explicación al arte. Aunque, a la vez, y en sus propias carnes, descubrió que el arte requiere ser vivido desde otro plano de la conciencia.

Por eso no es sano pasar un sábado sin fútbol, porque es pasar un sábado sin ser.

 

jueves, 6 de junio de 2013

EL BALÓN


Te ofrezco mi mano. Tú decidirás cuándo tomarla y cuándo no, decidirás en qué momento desasirte para afrontar el futuro sin mi tutela. Necesitas cogerla y también soltarla, todo a su debido tiempo. En cualquier caso, quiero que sepas que siempre estaré al otro lado, esperando tus pases o tus disparos, esos que entrarán en la portería que estaré custodiando sin mucha cautela, más pendiente de tu expresión de alegría que de la trayectoria del balón, el mismo que rueda impulsado por tu pie en miniatura, que rueda y se acerca dubitativo a la línea de gol. Yo te observo divertido y anticipo la alegría de tus brazos alzándose y de tu cara expandiéndose de puro gozo cada vez que el esférico medio deshinchado toca la red. Nos une la emoción de perforar la portería, padre e hijo con la misma inocencia compartida, con la misma referencia en la mirada, la del rectángulo formado por el suelo y los tres palos. La pelota gira y gira y distraída se me escurre entre las piernas. Toca la red y llega tu grito. Gol. Si en ese momento se apagaran todos los focos del estadio, seguiría viendo lo que me rodea, porque no hay luz más intensa que la que irradia tu gesto, esas cejas tan arqueadas, con la boca abierta de par en par mostrando tus pequeñas perlas blancas en forma de dientes. La carcajada que reverbera en mi espíritu paterno, la vibración de la felicidad verdadera entrando por todos los poros de mi piel. Sentirte tan cerca. Emocionarme al contemplarte y emocionarme al entender que por fin sé quién soy. Y todo gracias a ti, y a esa sonrisa impoluta, desligada de toda impureza o de todo sentimiento impostado. Dejarme marcar el gol, ese gol que celebro interiormente más que tú a pesar de que finjo estar contrariado por haberlo encajado, contrariado y falsamente cabizbajo, pero sin quitarte el ojo de encima para no perderme ni un ápice de tu júbilo, de tu vida, de esa inabarcable vida que fluye en todas las direcciones desde el centro de tu ser. Retazos de nuestras vidas, la tuya, la de tu madre y la mía, pedazos de nuestra existencia capturados por un objetivo de forma discreta. Imágenes tomadas desde otro plano, un punto de vista diferente y humano, más humano de lo habitual; desde lo sensible, la sensibilidad del artista que capta una emoción y la expresa a su manera, porque entiende un sentimiento, porque se lo apropia y lo hace suyo, lo interioriza y lo procesa, lo matiza y lo plasma. La deuda impagable con aquel que toca tu corazón de una u otra manera. Gracias por todo. Muchas gracias.

martes, 9 de abril de 2013

PRIMAVERA EN CASA

Parecía que la primavera no iba a llegar nunca. Los días cortos y fríos del invierno se habían solidificado y se habían introducido en nuestros espíritus sigilosamente, casi sin hacer ruido, filtrándose poco a poco a través de la piel y los sentidos. Hoy me levanto y veo los brotes en los árboles, el sol despuntando entre las nubes y ofreciéndome una calidad de la luz diferente, más viva, más caliente. Camino por la calle y me parece que la temperatura es más agradable. Sigo el mismo recorrido que hago cada mañana, de la escuela del niño al trabajo, y me da la impresión de que las personas con las que me cruzo se sienten más livianas, más ligeras, como si el gris plomizo de los últimos días invernales se hubiera marchado para no volver jamás. Saben que volverá, pero ahora su primaveral conciencia los arrastra por los derroteros de la vivacidad y la alegría. por la intuición del calor, de las veladas al aire libre, de las terrazas y las noches templadas del mes de mayo, unas noches que invitan a ser surcadas, a ser transitadas con esmero y sin prisas, a ser paladeadas y asimiladas con cariño. Las guirnaldas de las fiestas de primavera, las trompetas que anuncian la calidez pegajosa del Mediterráneo, los días en que mi hijo cumplirá dos años, dos años de plenitud que han redimensionado mi vida, que me han hecho adulto y que me han cambiado. Dos años más profundos, más conscientes y menos frívolos que los demás, años de andar de biberón en biberón, de pañal en pañal y de alegría en alegría, todas ellas muy superiores a las penurias, todas bañadas de su presencia y su sonrisa, de su vida entera, de esos ojos llenos de inteligencia y curiosidad, de potencialidades, dos años de amor incondicional, de nuevas perspectivas, dos años de ti y de tu madre, esa que cada mañana se despierta a mi lado como cuando teníamos veinte años, con la misma cara de sueño pero la misma fuerza vital de siempre, la que también veo en ti, la que os conecta cuando os miráis a la cara, la que fluye sin posibilidad de ser detenida cuando vuestras risas se acompasan y se convierten en la música celestial que necesitan mis endurecidos oídos para encarar el día con fuerza, dos años en los que he entendido que soy el tipo más afortunado bajo la bóveda celeste, esa que los hombres nos empeñamos en destrozar, dos años de felicidad, a pesar de los dolores, a pesar de los trastornos, a pesar de las penas y de los problemas. Han sido dos años de sentido y de vida. Os quiero más que a nada en este mundo. Sólo se me ocurre una cosa: gracias por estar a mi lado.

sábado, 29 de diciembre de 2012

GRIZZLY BEAR - YET AGAIN

Y en el número uno de mis nuevos anhelos musicales: Grizzly Bear. Son realmente brillantes.


jueves, 27 de diciembre de 2012

THE XX - CHAINED

El segundo de los grupos que ha entrado en mi corazón a largo de este 2012 ha sido The XX. Impresionante combinación de talento, juventud y extraña melancolía rítmica. Demuestran que lo acertado de su debut no fue flor de un día. Y que duren.
 
 

WOODS - CALI IN A CUP

A finales del 2011 los Black Keys lanzaron El Camino y con él me conquistaron. Este año ha habido tres bandas que me han cortejado insistentemente, hasta que me he rendido a sus bondades. La primera de ellas es Woods. Me gustan mucho, lo reconozco.
 


miércoles, 12 de septiembre de 2012

ENCUADRES

Con los Arctic Monkeys sonando de fondo a modo de revulsivo y el ánimo destemplado, entre melancólico y cansado, sobre todo de pensar en lo que aún queda por delante, trato de darme una tregua a mí mismo frente al teclado. Ahora no puedo evitarlo y golpeo el suelo subiendo y bajando la punta del pie. Marco el compás siguiendo el ritmo de la batería y el corazón late con un poco más de impulso, aunque no con el suficiente como para hacerme arrancar de una vez por todas y salir así de este pegajoso estado interno, similar al de la depresión que sucede a la borrachera, sólo que, esta vez, sin resaca que la acompañe, cosa que se agradece. El poso de indefinida amargura y culpabilidad que a uno le embarga después de una disputa, por muy de baja intensidad que ésta haya sido, le invita a observar la realidad que le rodea, una realidad que parecía inmutable y evidente, de una forma diferente a la acostumbrada. Lo que era divertido deja de serlo para convertirse en costoso. La ligereza da paso a la pesadez. Lo interesante a lo aburrido. Y lo pleno de sentido a lo absurdo. Únicamente son contextos, encuadres de lo que pasa, maneras de ver lo que ocurre delante de tus propias narices, tan similar todo y a la vez tan diferente. En otras ocasiones, con mucho más tráfico sobre la plancha, me sentía irreductiblemente feliz. Inhalaba humo, sudaba a mares y me quemaba los dedos cogiendo el pan pero todo estaba bien. El fragor del momento me ayudaba a mantener la concentración y con ésta llegaba la alegría. El pasado sábado me suponía un esfuerzo titánico entender los pedidos, entender las órdenes que llegaban desde la barra. Lo de fuera seguía siendo lo mismo, lo de todos los años, el mismo trajín y las mismas caras. Lo que había cambiado era lo de dentro, la manera de ver, la manera de estar, incómoda, el dudar acerca de las propias acciones, de los propios pensamientos, pensando demasiado, cavilando, planteándome si no me estaría equivocando de nuevo o si, por el contrario, me estaba dejando llevar otra vez por ese sentimiento de incapacidad que tan a menudo gravita sobre mi cabeza como un halo transparente y tenaz que no sé cómo esquivar ni evitar que me posea.
 
Ahora mismo me iría a correr diez kilómetros, doce, quince. Veinte. Me escaparía en busca del cansancio extremo, ese que te vacía por dentro y no te permite pensar, el que acalla y apacigua la mente, el que te deja un espacio para alejarte de ti, o de los pensamientos que crees que son tuyos pero que en realidad son de ese cabrón que te manipula desde dentro, ese aspecto de uno que se encarga de ponerte trampas y de hacerte caer en ellas, ese uno tan próximo que crees auténtico. Ahora mismo me pondría mis zapatillas verdes, pulsaría el botón del reloj y me lanzaría al asfalto a perderme entre los coches y las personas, a surcar entre todos ellos, un cuerpo empapado, rozando retrovisores y dejando frustraciones a su paso. Subiría la cuesta más empinada de la ciudad para sentir el corazón a mil por hora, para batirme en duelo nocturno con ella, para llegar más arriba, más lejos. Correría y me bañaría en mi propio sudor hasta que no pudiera más. Luego, recuperaría el aliento, estiraría los músculos y me preguntaría si ha merecido la pena tanta penuria. Cansado pero despierto me diría que sí, que lo que no merece la pena es perderse en laberintos con salidas traicioneras, lo que no merece la pena es enredarse en según qué cuestiones. Cuando me paro, a veces me doy cuenta. Sólo a veces. Y es porque ya he llegado. Me doy cuenta de que vivo tratando de llegar, corriendo con la mente, que es la peor de las maneras de correr. Se corre con las piernas, un paso detrás de otro, una zancada tras otra, con el corazón, aliado inquebrantable de huesos y músculos, la estructura que nos aguanta y que tan poco respetamos. Se corre con el cuerpo. Tengo que dejar de correr cuando no lleve mis zapatillas verdes. Me perjudica y me convierte en una sombra de quien soy, apesadumbrado, hosco, infeliz a ratos. Correr para ser. Qué bonito. Qué irreal. La carretera no le pide cuentas a uno. La carretera está ahí para ser transitada. Punto. Las zapatillas y las teclas, unidas en la función, en la finalidad. Inseparables para ofrecerme lucidez, para sacarme de los infinitos bucles de pensamientos improductivos en los que caigo, para volver a casa renovado. Necesito salir para volver a entrar. Necesito soltar amarras para entenderme. Vaciarme, escupir, volcar, verter, vomitar, salir de mí para dejar de ser un gilipollas, para encontrarme de una vez por todas. Escucharme cuando estoy a solas conmigo mismo, escucharme diciendo que deje de hablarme tanto, que deje de prestar atención a chorradas y me centre, que sólo corra con mis zapatillas verdes, o, como mucho, con las azules de suela adherente, las otras que me fijan al suelo para poder experimentarme diferente. Las verdes me liberan. Las azules también, aunque de otra manera. Las verdes me abren el camino, me llevan lejos, me acompañan en la soledad. Las azules me transforman, me acompañan en la lucha, me proveen de energía, me otorgan la fuerza para vérmelas con otros, más rápidos y más fuertes, pero menos convencidos. Más jóvenes pero menos apasionados. Apasionado, yo, lo que hay que oír, lo que le descubren a uno unas zapatillas. Lo mismo que le descubren las teclas, las cuales ofrecen ideas de vuelta, que no sabíamos que eran nuestras hasta que pasan al otro lado. Y vuelven. Una conciencia tomada a posteriori, ordenada y en línea, dispuesta a entrar por donde ha salido, sólo que esta vez ya avisa y me dice: estoy aquí, joder, date cuenta. Ya me doy, tranquila, que ya me doy. Sabes que me cuesta tomarte pero poco a poco lo voy haciendo, aunque seas tan esquiva y escurridiza, conciencia de los cojones.
Una tregua después, el aspecto del entorno difiere de nuevo, ahora mejorado, aceptable, con un punto de dulzura al fin. Lo pasado, pasado está. Ahora importa lo venidero, lo cercano, la tarde y la noche de trajín que están por llegar, noches de vaivén y encargos múltiples. Ya queda menos para volver a la añorada rutina, la que fija mi tiempo, la que lo empaqueta y lo sirve a pedazos, troceado y listo para ser consumido, siempre previamente planificado. Diferentes tiempos dentro de la semejanza del Tiempo Único. El tiempo y su relatividad. El tiempo y su fugacidad. Y yo me empeño en observar su paso. Me entretengo viéndolo pasar, queriendo que suceda para llegar no se adonde, no sé bien para qué. Curioso el teclear sin objeto, el tiempo sin objeto. No hay verdades reveladas en esto, sólo un infructuoso y ególatra intento de entenderme, de comprender el porqué de esta imperiosa necesidad de evasión, de evitación, de no saber estarse quieto con otros, siendo acompañado o acompañando, siendo, sin más. El permanente estado de alarma, el estar listo para salir pitando, para huir. Pero de qué se huye, de qué cojones huyo, me pregunto. Y la tecla responde, la tecla me dice: de un dolor imaginado, amigo, de un dolor heredado. Embotarse para no percibir la punzada del dolor. Embotarse para perderse de vista, para enterrar al niño indefenso, el único que paradójicamente sabe lo que quiere, lo que necesita de verdad, lo que necesitamos: cariño y atención. Estados deficitarios origen de actuales deseos y motivaciones. Dotar de sentido al sufrimiento te saca del malestar, te ayuda a seguir hacia delante, te empuja. Somos capaces de superar el dolor y aceptar el sufrimiento cuando podemos darle un sentido, cuando podemos ofrecerle un contexto en el que sea entendible. El maldito encuadre es lo que nos define. Dime cómo encuadras y te diré quién eres.
La mayor parte de los dolores se llevan en la mente, igual que las incapacidades, que son reales en la medida en que son tomadas en serio y asumidas como propias. ¿Qué perverso mecanismo de defensa y de adaptación al medio es éste que nos aleja de nosotros mismos? Cada uno a su manera, cada cual con su idiosincrático estilo de defender su autoestima. Los mecanismos de defensa que nos ciegan lo hacen con el fin de protegernos. ¿Cuándo se produce el salto que nos permite darnos cuenta de esa pérdida de sensibilidad, que nos permite percibir que hemos intercambiado conciencia por anestesia, que nos aleja de quiénes somos? ¿Acaso se produce? ¿No vivimos sin darnos cuenta de nuestra neurosis? Lo hacemos. Forma parte del proceso de individuación y maduración percatarse de los mecanismos de la mente que nos llevan por los caminos equivocados, los caminos laberínticos que nos llevan a pasar una y otra vez por el mismo sitio, a repetir errores, a cagarla de nuevo. Millones de neuróticos pugnando por joder el planeta, la gran mayoría sin darse mucha cuenta de ello, abrazados a banderas, a símbolos o a profetas. Mierda de pesimismo. Mierda de teclas con mensajes de vuelta.
 
Necesito irme a correr.

martes, 17 de julio de 2012

INTERESES CRUZADOS

Hola Àlex:

La verdad es que no sé cómo empezar. Es probable que jamás llegues a leer esto porque cuando tú seas usuario de las tecnologías de la información, seguramente que dentro de muy poco, este método de comunicación estará más que obsoleto, pero no por ello renunciaré a explicarte lo que pienso de estos días de lujuria especulativa.

Resulta, hijo, que unos meses antes de que tú nacieras se inició en este país la crisis en la que aún estás metido. Sé que ahora toda la información que tienes al respecto no resuelve tus dudas ni te aclara las ideas, sobre todo porque la gran mayoría de los medios de comunicación que tratan de (des)informarte se encuentran manipulados. Perdón, quiero decir que siguen las directrices impuestas por el órgano de dirección del medio en cuestión, un órgano de dirección repleto de señores encorbatados, cuyos millonarios sueldos están pagados por los dueños de esas mismas y de otras empresas, las cuales, a su vez, obtienen suculentos beneficios gracias a tu esfuerzo y tu talento y al de otros como tú. Unos beneficios, por cierto, que serán evadidos en gran medida a paraísos fiscales, vaya a ser que a algún iluminado le dé por reinvertir la recaudación impositiva ligada a ellos en aras del interés común.

Soy consciente de que lo que te voy a decir es algo que puede parecerte estúpido, habida cuenta de la sociedad individualista en la que te mueves, pero mi obligación como padre, y lo que siento que debo hacer, es ayudarte a entender que el interés particular, ese que tanto ensalzan los políticos y secuaces del terrorismo financiero, no tiene sentido sin el contrapunto del interés general. Àlex, no es verdad que la Sanidad Pública sea insostenible. No es verdad que tampoco lo sea la Educación. No es verdad que no podamos contar con un sistema de Seguridad Social que dé cobertura a las personas en dificultades. Eso es una patraña que se inventaron unos cuantos hace mucho tiempo para poder mantener su cuota de poder intacta, de ahí lo de conservadores. Pregúntate quiénes salen beneficiados de la configuración de la sociedad en la que vives y sabrás quiénes son aquellos que se oponen a lo público. Los poderosos cada vez son más ricos y el resto de personas cada vez más pobres, miembros de un entramado social cada vez más ignorante y atrasado. Por cierto, un litoral lleno de hoteles no es sinónimo de progreso, por muy bonito que quede el plano televisivo de un circuito de automovilismo bordeando la playa.

Hijo, te cruzarás con personas que se quieran aprovechar de ti, eso es algo inevitable. Estará en tu mano el dejar que lo consigan o no. El mayor problema lo encontrarás cuando esas personas no tengan cara ni ojos, cuando no sepas quiénes son y sólo los conozcas bajo el sobrenombre de los mercados. Hay algunas voces interesadas que te dirán que esos mercados no son entelequias ficticias sino que son personas, y eso es cierto. Lo que no te dirán esas mismas voces es que de todas esas personas que representan a los mercados sólo unas pocas son capaces de desplazar su dinero a lo largo y ancho del planeta sin ninguna restricción. Esas personas no te explicarán que el beneficio obtenido por los movimientos de capital casi siempre lo es a expensas de otras personas con mucha menos información que ellas. La información es poder. El dinero es poder. Sólo espero que en el futuro seas capaz de percatarte de los mecanismos del poder. No es que ese conocimiento te vaya a aliviar la conciencia, todo lo contrario, pero por lo menos sabrás quiénes y por qué te están tratando de tomar el pelo.

Cuando yo era adolescente me enseñaron que la configuración de la sociedad se podía representar gráficamente como una pirámide, una pirámide en la que unos pocos, los que se encontraban en la parte más alta de ella, poseían la mayoría de recursos económicos del mundo. También me enseñaron que un buen indicador del grado de progreso de una sociedad quedaba reflejado en la manera cómo evolucionaba esta representación gráfica, es decir, el progreso social se hacía más palpable a medida que dicha pirámide se iba aplanando, lo que quería decir que iba disminuyendo la cantidad de personas que se encontraban entre los más desfavorecidos, resultando de esta manera una sociedad más justa y mejor cohesionada, algo fundamental para la erradicación de la conflictividad social. Creo que esta enseñanza continúa vigente. Al hilo de esto, me preguntarás: papá, ¿qué tiene que ver la cohesión social con el conflicto?

Evidentemente, yo no soy sociólogo pero puede que a través de un ejemplo entiendas la relación que pretendo mostrarte. Imagínate a un chico de quince años que ha crecido en un entorno deprimido y sin expectativas de mejora en el futuro. Este joven pasa la mayor parte de su tiempo viendo la televisión porque no ha tenido acceso a otro tipo de actividades con las que desarrollar su talento, una televisión que no deja de emitir un anuncio en el cual un chaval de su misma edad luce unas zapatillas llamativas que provocan la admiración de todos sus compañeros de colegio y cuyas propiedades milagrosas le permiten realizar tremendas gestas deportivas sin esfuerzo alguno, claro. Si a este chico, al que ve la tele, no le han enseñado a pensar de forma crítica, si lo único que recibe son mensajes en los que se enfatiza lo positivo del consumo desbocado y, además, los modelos sociales que observa son los de personas que han llegado al ¿éxito? gracias a su ¿astucia? para saltarse las normas acordadas por la comunidad, si encima está convencido de que leer es una pérdida de tiempo, acabará por experimentar un tremendo sentimiento de frustración al no poder acceder a esas zapatillas. Y esa frustración vendrá acompañada de resentimiento, un resentimiento que fácilmente puede desembocar en violencia.

No sé si me he explicado bien. Lo que quiero decir, Àlex, es que procures no fijarte en las zapatillas de los demás. No quieras tener más que nadie. Siéntete agradecido por aquello de lo que dispongas y busca siempre el bien común aunque eso no esté de moda. Por tu propio bien.

NUEVAS PERSPECTIVAS

Es curioso que uno no sepa lo que está haciendo hasta que lleva cierto tiempo haciéndolo, o que no entienda lo que significa algo hasta que se producen los cambios que le permiten ampliar su perspectiva al respecto. Ahora, años después, empiezo a entender lo que significa El Rincón de Navarrete. Ahora, tras muchos meses, comprendo que ese Navarrete del Rincón no soy yo. Me ha costado percatarme de ello pero he empezado a captar la esencia de lo que estaba haciendo: escribía y veía para otro, para otro Navarrete, un Navarrete mucho más humano y menos contaminado que yo. Ahora es cuando empiezo a darme cuenta del sentido de mis acciones, sentido del que no era consciente pero que siempre estuvo ahí, latente, ávido por exponerse.

Es verdad que hay un punto de exhibicionismo en todo esto, una manera de abrirse al mundo a través de la expresión escrita, una manera como otra cualquiera de filtrar lo que observo y plasmarlo en un lugar desde el cual pueda ser compartido por los demás. Hay personas que captan imágenes y las muestran. Hay personas que componen música, que la interpretan o que la bailan. Hay personas que hablan y se explican fantásticamente de forma oral. Otros actuan. Son formas de comunicarse con el otro. Yo escribo de vez en cuando. Sin muchas pretensiones, las justas para engañarme a mí mismo creyendo que lo hago bien o para recibir de vez en cuando la palmadita de algún familiar o amigo que se pasa por aquí. Aún así, siempre ha existido otro motivo del cual ahora me percato.

El Rincón de Navarrete fue desde sus inicios un rincón extraño, sin fundamento aparente. Fue un rincón artificial, creado por otros para Navarrete. No había dirección ni sentido. Era un rincón sin finalidad ni objeto. El rincón empezó anunciando que era un espacio abierto a las personas, autopublicitándose como el rincón de todos los que se quisieran quedar un rato a su abrigo. Hoy entiendo que el rincón sí es de Navarrete. Es suyo, o, mejor dicho, es para él. Ahora comprendo que el rincón es para Navarrete, para que lo lea de vez en cuando, para que escuche la música que en él figura, para que conozca a su padre de una manera más profunda, de una manera diferente, para que conozca otros aspectos de quien le obligaba a comerse la fruta de las meriendas o se pasaba horas viéndole jugar en el suelo.

Empiezo a entender qué es el Rincón. Empiezo a distinguir la forma del camino. No hace mucho que encontré la oxidada brújula. Se me perdió hace mucho tiempo y estaba todo tan a oscuras que no la podía recuperar. Pero hay luces que no entienden de brumas, luces que a uno lo convierten en alguien mejor, que le conceden una tregua y le ofrecen la posibilidad de ver por dónde anda y hacia dónde se dirige.

Bienvenido a tu rincón, Navarrete.

martes, 10 de julio de 2012

ENCUENTROS

Coge la pieza roja y la encaja sobre la azul. Sonríe e inclina su cabeza hacia mí, mostrándome esos dientes tan blancos que rompieron sus encías hace algunos meses. Al verlos, su madre dijo que iba a tener la dentadura de su abuelo y de su tío, los hombres de la familia. Busco rasgos que confirmen que he contribuido en la génesis de tan perfecto ser. La verdad es que no los encuentro, no soy capaz de hallar ni un lejano parecido entre esa maravilla que recorre el pasillo impulsándose con el trasero y yo. Bueno, quizás sí doy con uno: él también suda a raudales, tanto que incluso el leve contacto de su piel con las sábanas o la almohada sobre la que duerme activa su metabolismo de manera que al cabo de un rato se asemeja a una especie de pequeño Buda reluciente.

Se muestra tranquilo. Es curioso pero no atrevido. Escruta el ambiente, sobre todo las caras de aquellas personas que le rodean. Primero observa cuidadosamente y después parece valorar la situación sesudamente antes de iniciar cualquier acción. Su gesto es de concentración, a veces ni parpadea. Sólo se me ocurre una imagen más bella que la descrita y es otra de su mismo rostro, el que pone cada vez que ve llegar a su madre del trabajo, a esas horas en las que jugamos sentados en el suelo.
Encaja las piezas y percibo su alegría al sentirse competente. Toma dos pelotas de colores, una en cada mano, y tras mirarme de soslayo y con gesto de picardía, las proyecta hacia el punto más lejano del salón. Coge los cuentos y pasa sus páginas con parsimonia. Presta atención y se sumerge en lo que está haciendo, hasta que oye un ruido a su espalda. Es el tintineo de un pequeño objeto metálico que se acaba de introducir en la cerradura. Identifica el sonido y lo relaciona con el momento del día en el que se encuentran. Automáticamente, deja lo que está haciendo y se da media vuelta en dirección a la puerta de nuestro hogar. Sus pulsaciones se han disparado en cuestión de décimas de segundo y ahora balbucea frases ininteligibles mientras levanta los brazos en señal de excitación por lo que intuye que va a suceder. Se abre la puerta y tras ella aparece el rostro de su madre, su preciosa madre, que lleva sonriendo desde el momento en que salió de la oficina y empezó a imaginar este preciso instante. Se miran fijamente al tiempo que sus desiguales pasos trazan el último trayecto antes del esperado contacto. Sus rostros son como pantallas en las que se proyectan ilusiones y anhelos. Sus almas son dos espejos en los que se reflejan los más hermosos sentimientos. Mientras, en un segundo plano, apartado pero absolutamente presente, contemplo la escena en estado de arrobo, orgulloso de ellos y agradecido al destino, a la Providencia, a la Naturaleza o a lo que sea por haberme ofrecido este regalo, el presente de poder ser testigo del amor más puro que jamás haya percibido.
Se funden en un abrazo y no puedo evitar emocionarme. Reconozco que tengo bastantes más defectos que virtudes, pero uno de esos defectos no es el de obviar los sentimientos de los demás, todo lo contrario, los percibo con intensidad, como percibo claramente que la conexión que existe entre ellos está por encima de cualquier otra cosa. Y yo me siento extrañamente cercano a esa luz que irradian al fundirse en uno. Y es en ese momento en el que entiendo y me percato. Es cuando me doy cuenta del verdadero significado de la palabra amor y, a la vez, de la suerte que tengo al poder compartirlo con ellos.

jueves, 7 de junio de 2012

MISHIMA - L'ÚLTIMA RESSACA



Me he vuelto a enamorar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

WILCO - BORN ALONE



El 31 de mayo estarán en el Primavera Sound Festival junto a otros como Franz Ferdinand, The XX, Beirut o el mismísimo Chinarro. Seguro que merece la pena dejarse la pasta y acercarse a verlos.

lunes, 5 de marzo de 2012

PASAJEROS AL TREN


Cierro los ojos y me dejo llevar. Nos abrimos paso entre el gentío y saludamos a todas aquellas personas que se agolpan en los costados del camino, admirando ellos entre sorprendidos y divertidos el cansino trajinar de aquel tren en miniatura. La serena calidez de un domingo del mes de marzo nos acompaña durante el trayecto, un recorrido de apenas cinco minutos dando vueltas a lo largo y ancho del parque, un parque por el que tantas veces he transitado y que hoy me parece de unas dimensiones diferentes, teñido de otras luces y configurado por otras formas y texturas. Un parque clónico pero a la vez inexplorado.

El conductor reduce la velocidad y espera a que dos niñas crucen las vías con sus bicicletas. El vendedor de globos de colores, apostado bajo los soportales del edificio municipal, hace su agosto entre tanto padre de fin de semana, padres y madres que se sienten inconfesablemente culpables, sustitutos de los abuelos a tiempo completo, de los abuelos que ocupan lugares que no les pertenecen pero que nuestra moderna sociedad ha elegido para hacerse cargo de sus hijos, los hijos de tantos y tantos hipotecados, personas que invierten su tiempo en trabajos mal remunerados pero de los que dependen para pagar la terrible deuda que estrangula su libertad, abuelos y abuelas que podrían tomarse un respiro ese día pero que acaban dejándose llevar por la alegría innata de sus nietos (y su tiranía) y bajan a verles correr y a jugar al escondite con ellos, riendo juntos entre los frondosos árboles que abundan por todo el recinto.

Vuelve a reducir la velocidad a la espera de adentrarnos en el oscuro túnel y el pequeño observa su entorno con avidez. Nuevas sensaciones y nuevos colores. Movimiento inesperado. No tiene miedo. Los brazos de su madre rodeándole la cintura y la presencia de su padre justo frente a él le invitan a obviar su fragilidad y dependencia. De vez en cuando me giro y lo miro durante unos segundos para asegurarme de que está bien y de que disfruta de un viaje que para él es eterno y genial. Llegando al final el tren aminora la marcha y se interna en la diminuta estación, un entresijo de vías y cemento que parece de mentira, un entramado de carriles y hormigón de tamaño reducido. Paramos y lo cojo por las axilas para poder izarlo. Lo llevo en volandas entre semejante tumulto y se le cae el chupete de tanto reírse. Sigo los pasos de mi mujer en dirección a las mesas engalanadas. Hoy cumple años la hija de unos amigos y hemos ido a celebrarlo con ellos. Yo, algo somnoliento pero inesperadamente feliz por el viaje en tren, me digo que las circunstancias cambian casi sin que uno se dé cuenta de ello. No hace tanto tiempo que el domingo por la mañana no existía para mí. No hace demasiado que a esas horas de un domingo dormía a pierna suelta, levantándome como mucho para orinar la cerveza ingerida horas antes o bien para beber un trago de agua, sintiéndome entonces algo aturdido pero consciente de no tener que volver a levantarme de la cama hasta que me viniera en gana. Desde luego no hace tanto de aquellos otros domingos en que me despertaba el timbrazo perpetrado por mi amigo, siempre más diligente que yo a la hora de despertarse, vital a pesar del dolor de cabeza que a esas horas compartíamos y que nos acompañaría en el trayecto que llevaba de nuestro hogar al campo de fútbol y que tratábamos de aliviar a base de bromas y anécdotas acaecidas tan sólo unas horas antes, horas ya lejanas en nuestra memoria de universitarios a tiempo parcial. Mi amigo Sebastián, un compañero de viaje que siempre esperaba pacientemente a que me vistiera y apurara el sempiterno vaso de leche antes de ir a despellejarnos las rodillas en los campos de tierra de nuestra ciudad, corriendo en pos de una pelota a la vez que esquivábamos las acometidas de rivales más expertos, más golfos y malintencionados que nosotros, siempre tan ingenuos y ávidos de balón, llegando siempre tarde a las convocatorias por mi culpa y mojándonos la cabeza antes de empezar el partido para que el helor del chorro se llevara por el desagüe los restos del alcohol bebido y el tabaco adherido a nuestros pulmones, dejando a un lado el malestar para correr más que nadie, para saltar más que nadie, para transcendernos a nosotros mismos sintiéndonos parte de un equipo, sumando nuestras conciencias a la conciencia de los demás compañeros, para dotarnos de una identidad grupal, la de un montón de jóvenes de extrarradio que buscan redimirse a través del juego y la mutua lealtad.

La vida le cambia a uno sin enterarse siquiera. Los domingos ya no son los mismos que los domingos de antaño. Antes cuarteaban mi piel la tierra y el sol del mediodía, un sol que bañaba con sus invisibles rayos los campos de fútbol del área metropolitana. Ahora lo hace la resistencia del aire cuando lo surco subido encima de un tren en miniatura y con mi hijo apoyando sus diminutas manos en mi espalda.  Hace pocos años no era capaz de imaginarme algo así. Hoy me parecen domingos remotos aquéllos en los que casi no había tiempo de dormir, domingos de embriaguez y aturdimiento en los bares del Poblenou y que continuaban resistiéndose a extinguirse con la emoción inmediatamente posterior que disparaba en mí la disputa de un partido matutino, aquellos domingos en los que caía rendido después de comer atropelladamente y en silencio lo que mi madre había cocinado con tanto esmero unas horas antes, esperando ansiosa a que volviera sano y salvo después de tanto trasiego nocturno, a que descansara por fin, hastiado de tanta abulia y tanta rebeldía absurda, cansado, creo, de tanto hacer lo que quería sin ofrecer explicación alguna a quien tanto se desvelaba por mis ausencias y que tanto esperó paciente e inútilmente algún gesto de cariño que compensara el brutal esfuerzo realizado, la descomunal brega por los suyos, seres infinitamente desagradecidos y ciegos de egocentrismo. Injusticias de adolescente, de joven que no quiere cargar con el peso de la responsabilidad por miedo a defraudarse a si mismo, temeroso de lo que se le viene encima y buscando en el exterior lo que no se atreve a buscar dentro.

Pero no se puede escapar de la realidad. Al menos no por mucho tiempo ya que la vida te acaba pidiendo cuentas más tarde o más temprano. El que escapa no sabe (aunque sí intuye) que a la vuelta de la esquina siempre estará su conciencia, esperándole con un mazo en la mano, la muy hija de puta, para zurrarle bien fuerte en la cabeza, para hacerle despertar de una vez por todas. Sólo hay dos alternativas frente a eso: dejar de huir y enfrentar las propias bajezas o ponerse un casco bien duro y esperar a que la del mazo deje de golpearle. El que renuncia a huir sufre y siente dolor pero se da cuenta de ello y dispone de cierto margen de maniobra para cambiar su destino. El que renuncia a huir acepta el sufrimiento a cambio de autonomía, a cambio de no ceder más poder al otro, a cambio de por fin reconocerse en el espejo. El que se pone el casco, por el contrario, aguanta los estacazos de su conciencia  creyendo haber encontrado la fórmula del éxito pero de lo que no se da cuenta es de que en realidad lo que está haciendo es enclaustrarse en el interior de su propia coraza. El portador del casco cree que no sufre pero lo único que consigue es efectuar un trueque maligno, intercambiando lucidez por anestesia, sin percatarse del precio que está pagando en términos de ignorancia y dependencia, obviando que el tributo que se paga por evitar el dolor siempre es demasiado elevado. Los cambios se dan, lo aceptemos o no. Ha llegado la hora: pasajeros al tren.

sábado, 3 de marzo de 2012

THE BLACK KEYS - GOLD ON THE CEILING



Muy grandes los Black Keys. Auerbach y Carney, dos tipos de Ohio que sólo saben componer música de la buena.

jueves, 1 de marzo de 2012

FIGHT CLUB

Hacía mucho tiempo que no aguantaba más de media hora seguida sentado en el sofá para ver una película. Ayer lo hice. El largometraje en cuestión era El Club de la Lucha, película protagonizada por Brad Pitt y Edward Norton y que se estrenó en los cines hace ya algunos años. Pues bien, al igual que me ocurrió con Matrix, la peli de ayer me sorprendió mucho tiempo después de que todo el mundo la hubiera visto ya. No es que no me guste el cine, es que la televisión me suele conducir al aburrimiento y la postración intelectual, así que no le concedo demasiadas oportunidades. Sé que no soy justo. Hay material audiovisual muy bueno y todavía hoy en día se emiten programas de calidad (pocos) en algún canal que otro pero el simple hecho de tener que discriminar entre tanta basura me agobia bastante, sobre todo teniendo tres o cuatro libros esperándome sobre la mesita de noche o algunas páginas de Internet relacionadas con mis aficiones a la distancia de un solo clic.

Tiendo a obviar el prime time. Mi tiempo de visionado se reparte entre los canales de noticias y los canales deportivos, procurando guardar un justo equilibrio entre aplacar la necesidad de verse a uno mismo como una persona informada, pendiente de la rabiosa actualidad, y disfrutar íntimamente de la alienación que produce la contemplación de tipos corriendo en calzones y que se parten la cara por alcanzar un balón. Es mi rutina: noticias y deporte. Hasta que me topo, normalmente a petición conyugal, con alguna que otra opción diferente y que, inopinadamente, atrae mi atención. Fight Club me enganchó porque activó algo en mi interior. Me está haciendo pensar. Y eso me gusta.

El film dirigido por David Fincher te pone contra las cuerdas. ¿Es la violencia gratuita una pulsión innata en el hombre? ¿Te puede hacer sentir más vivo el hecho de dar rienda suelta a los más bajos instintos? ¿Es antinatural no expresar la propia agresividad? ¿Radica el verdadero sentido de la vida en la ausencia de miedo? ¿Depende de uno mismo vivir sin ese miedo? ¿Es al dolor, físico o psicológico, a lo que finalmente tememos? ¿Tenemos todos, en cierto modo, dos aspectos que pugnan entre si? ¿Cuál sería mi yo disociado? Y, voy más allá, ¿es la enfermedad mental una última llamada hacia la verdadera lucidez? ¿No es una persona aquejada de una patología mental alguien que está recibiendo un cruel mensaje de despertar? ¿No seremos los demás los insanos? o, visto de otro modo, ¿no será que no nos aceptamos tal y como somos y por eso recreamos una imagen ideal de quiénes queremos ser?

La mente humana es indescifrable. Sabemos lo justo acerca de ella. Por conocernos a nosotros mismos pasa un futuro mejor, más acorde con nuestras verdaderas necesidades, por conocernos de forma honesta, sin mentiras, sin puntos ciegos autoimpuestos, sin mecanismos de defensa con los que proteger nuestra interioridad. Uno de los mensajes de la película es precisamente ese: afronta el futuro tal y como venga, sin necesidad de controlarlo. Porque, en el fondo, la necesidad de control, ¿a qué responde? ¿No será a un miedo irracional hacia lo que ha de venir? ¿No será un miedo a experimentar, a vivenciar aspectos de nosotros mismos que no cuadren con la imagen que albergamos de ellos? En mi opinión, el planteamiento de la película lleva esta cuestión al extremo pero pienso que es una buena manera de empujar al espectador hacia su propio abismo.

Y, es que, ¿qué mayor abismo que el de los propios temores?

miércoles, 29 de febrero de 2012

TENDINITIS

Diez kilómetros a buen ritmo y uno más al trote para reciclar el lactato. Hoy me duele en la zona externa de la rodilla derecha. No es un dolor demasiado agudo pero sí testarudo. Digo yo que será tendinitis. Creo que el problema son las últimas zapatillas que compré. Eso y que llevaba más de un mes sin salir a correr. La ola de frío y de compromisos futboleros me han retraído en los últimos tiempos, pero lentamente empiezo a salir del letargo.

La llegada de la primavera me incita a volver al asfalto. Una temperatura más agradable me invita a tomar la calle. Me visto de forma austera, ese concepto tan de moda en los últimos tiempos. Camiseta técnica, pantalón de atleta, un pantalón extremadamente corto, calcetines negros, zapatillas y un reloj que además de los tiempos mide las distancias. Así salgo a la calle. Así salgo a conquistar el mundo exterior, un mundo próximo y miles de veces por mí transitado, un mundo usado pero aún con calles por descubrir.

Llevo relativamente poco tiempo corriendo. Aún así ya tengo un historial suficientemente extenso como para confeccionar el mapa de mis manías en esto del fondo.

Al principio salía a correr por los alrededores de mi hogar. Repetía estoicamente un circuito del que conocía de memoria su longitud: 1,7 kilómetros. Me gustaba rebajar los tiempos que marcaba en cada vuelta. Mi objetivo era el de hacerlo cada vez más rápido.

Al cabo de los meses empecé a perder el interés por aquel recorrido. Más que aburrirme creo que lo que me pasaba es que me sentía atraído por alejarme de mi entorno, quería dejar de ver las mismas caras, dejar de cruzarme una y otra vez con las mismas personas. Así empecé a salir de los límites de mi localidad en las cada vez más frecuentes excursiones. Y así empecé a alejarme, poco a poco, del barrio en el que vivo. El recorrido que más me gustaba era el que hacía hasta llegar a casa de un amigo, atravesando cuatro municipios diferentes, municipios que limitan entre sí y cuya frontera es prácticamente indescifrable, municipios parecidos en muchas cosas, semejantes en lo estructural y en lo social, municipios alineados y guarnecidos por metros y metros de fachadas descoloridas y alquitrán envejecido, un alquitrán maltratado por el imparable trasiego de los vehículos de motor: motocicletas, coches, furgonetas, autobuses o camiones que rompen el piso. Son municipios nacidos al amparo del Llobregat, encajonados entre la ribera oriental del río, el parque de Collserola, el mar y la ciudad de Barcelona, esa gran urbe que todo lo arrastra y cuyas arterias conectan con avaricia el entramado suburbial.

Empecé a correr hasta el lecho del río. A cruzarlo sobre un puente pintado con miles de graffiti, coloreado hasta la saciedad por todo tipo de personas, artistas o gamberros o artistas y gamberros a la vez. Una manera, la de plasmar gráficamente el propio nombre, de decir éste soy yo, de reclamar la atención que todos pretendemos.

Un día, sin venir a cuento, decidí cambiar de ruta. Dejé atrás el parque de siempre y giré a la derecha. La cuesta era criminal. Llegué hasta arriba sin pararme. Una vez allí, bajé un poco el ritmo y recuperé el pulso. Entonces, seguí subiendo. Y me fui alejando hasta llegar a un hospital del que sólo había escuchado el nombre. Me costó volver porque me había alejado más de lo acostumbrado, pero fue ese día en el que empezó a inocularse en mi sangre el virus de la lejanía, ese extraño virus que vive en mí y que ahora me empuja a moverme por donde no solía, a callejear a donde quiera que vaya, a escrutar nuevas plazas, a extraviarme conscientemente porque no quiero volver a pisar terreno conocido, una atracción creciente a correr por empinadas calles, por subir pendientes que me dejan en vilo, que me exprimen y me dicen que me joda, que yo lo he querido. Y cada vez me importa menos el circuito y más la exploración. Y cambio la linterna y el sombrero de cazador por las zapatillas de running y el pulso acelerado.

Ahora visito otro hospital, el que me vio nacer. Lo rodeo y me hace gracia pensar que ya han pasado más de treinta años desde que mi madre me alumbrara en una de sus estancias. Me interno por zonas industriales, me interno en ellas y recorro sus calles como si de un desierto se tratara. Por las noches son zonas sin vida. Imagino mientras atravieso las amplias avenidas de esos polígonos que un coche saldrá de entre las brumas y se cruzará en mi camino. Me veo intentando escapar de la ira de sus ocupantes, una especie de mafiosos que secuestran a corredores de fondo para extirparles los órganos vitales y después traficar con ellos en el mercado negro. Me veo siendo el hígado de un famoso empresario, excretando bilis porque el Gobierno está tardando más de la cuenta en estipular por decreto el despido libre. Me veo siendo el corazón excitado de un prestigioso político adicto a la cocaína, un político que paga mucho dinero por corazones de contrabando, el dinero que expolió de los fondos públicos y que hoy guarda en su cuenta bancaria de Suiza. Entonces oigo el ruido de un motor y me sobresalto. El coche pasa de largo y me digo que lo mío no es normal, que, por muy rápido que corra, mi mente siempre me rebasa.

Y sueño con mi hijo. Y evoco otros recuerdos que me acompañan en la carrera y que por arte de magia se forman y se diluyen, atravesando algunos mi conciencia, expectantes otros para volver en las innumerables ensoñaciones diurnas. Y pienso en mi mujer y en mis amigos. En mi familia. En música y libros. Me viene a la memoria el gol fallado y siento frustración, pero en seguida me descubro celebrando el otro que sí metí. Cierro el puño sin darme cuenta en señal de júbilo, reivindicándome de nuevo, convenciéndome de que aún juego bien. El tiempo discurre de forma diferente y a cada paso que doy, y de forma inexplicable, me acerco. Y me vuelvo a acercar. Pero no llego. Nunca llego.